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domingo, 24 de febrero de 2013

*

Te levantas un día y piensas que lo has soñado.
Las paredes blancas sangran lágrimas de color negro, y se tiñen. Tú te sientes asustada. No puedes salir de ahí, simplemente algo te lo impide. Lloras. Golpeas a la pared y manchas tu puño de sangre, ira y rabia que no puedes contener.
Rápidamente enciendes uno de tus cigarrillos y temblando, empiezas a fumar pensando que eso te calmará. Te sientes impotente. No te faltan las ganas de tirar los muebles de tu casa por la ventana.

Enciendes la radio y las únicas canciones que ponen a esas horas de la madrugada son tristes, canciones de amor tristes.
Después de haberte fumado dos cigarros seguidos decides quitarte la ropa mojada y sucia y tus zapatos llenos de barro. ¿Recuerdas esa noche?

Realmente piensas en que todo ha sido un sueño, pero vuelves a golpear a tu almohada y te das cuenta de que no. De que las lágrimas que caen de tus ojos sin que te enteres son reales y de que hace exactamente tres horas habías estado con él. Habías visto sus ojos marrones pidiéndote ayuda en esos momentos, pidiéndote que no te marcharas, pero lo hiciste.
Saliste de su casa olvidando el rojo de tus labios en su baño y llorando porque ese maldito mensaje no debía haber llegado a su teléfono.

Esa maldita tía vuelve a entrar en tu vida, en vuestras vidas y está dispuesta a romperlo todo entre vosotros. Sí. Y lo ha hecho. Lo ha conseguido. Todo entre él y tú está mal ahora. ¿Mal? Perdón, fatal.
Ha dejado catorce llamadas perdidas a tu móvil, y tres a tu casa, cada una con un mensaje distinto. Pero, ¿realmente piensa que dejándome mensajes va a solucionarse todo?
Oh, estás tan borracha que ya no recuerdas dónde has dejado tu bolso. Te has caído unas cuantas veces de camino a tu casa, pero no le has dado importancia, sabes que estás mal.
"¿Mi bolso?" Repites una y otra vez tratando de buscarlo por todas partes. No está. Recuerdas habérselo tirado a la cabeza antes de marcharte. Ahora tienes que volver a por tus pertenencias.
"¿Una simple pelea?" Es lo que piensas una y otra vez de camino a su casa. No. Ha sido la peor. Le has gritado, le has pegado, te sientes culpable. Pero los dos sois culpables en realidad. El mensaje en su móvil que leíste hace unas horas pasa por tu cabeza varias veces y te dan ganas de gritar, de gritar de la rabia. Ese "¿Quedamos otra vez para tomar otro café? El último acabó demasiado bien." que se repite tanto en tu maldita cabeza. Será asqueroso.
Recuerdas cuando tomaste el primer café con él. Recuerdas que ese día acabasteis comiéndoos a besos el uno al otro y recuerdas la foto que os hicisteis en el balcón de su casa, con vistas al centro de la ciudad y gente paseando justo debajo de vosotros, y tú sonriendo, y feliz por estar a su lado. ¿Te gustaba? Te encantaba.
Ahora todo eso se ha acabado.
Vuelves a su casa a recoger tu bolso pero no está ahí. ¿Dónde se ha metido? No lo sabes.
Te duele la cabeza y tras un día de mierda decides regresar al lugar donde os conocisteis. ¿Por qué? No tienes ni idea. Sólo sientes que debes ir ahí. Quizá puedas recuperar su amor donde lo encontraste. Esa idea ronda en tus pensamientos. Pero no es posible. No es posible porque lo vuestro no tenía futuro.
Árboles almendrados y hojas caídas por el suelo te recuerdan aquella primavera. Los árboles se mueven bruscamente y más hojas caen al suelo. Ahora el invierno está a punto de llegar... Es una lástima. Las hojas se caen a la vez que tus lágrimas. Y a la vez que las suyas. ¿Es él? Él también está ahí. En ese banco. Con tu bolso en las manos. Con su móvil, discutiendo con alguien. Te imaginas quién puede ser ese alguien y lentamente te acercas. Te sientas a su lado y él te mira a los ojos. Como aquella primera vez que os mirasteis a los ojos. Sus ojos resulta que son de un color muy común, de color marrón, pero son los ojos de los que te enamoraste.

Te lamentas de todo lo que ha ocurrido y te das cuenta de que todo es una mierda, de que la chica que está al otro lado del teléfono de tu amor más querido lucha por lo mismo que tú, por él, por su amor. Pero también te das cuenta de que todo este tiempo ha sido tuyo, no suyo. La guerra la has ganado tú.
Él te explica que ese día no pasó nada. Decides creerle, porque cuando quieres a una persona de verdad, sabes si miente, o no. Y él está siendo más sincero contigo de lo posible. ¿Es todo muy bonito, verdad? Por el momento. Puede que un día de lluvia se haya quedado en un día nublado, y puede que mañana, tal vez salga el Sol, nunca se sabe.



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