Follow by Email

martes, 30 de diciembre de 2014

Encendiéndose.

Estaba ardiendo. Temía que se le apagara la llama aquella noche. Temía que el Invierno llegara antes de lo esperado, que no pudiese disfrutar de aquella noche de meteoritos cayendo sobre el mar.
Tenía los ojos iluminados por la luz de la luna, estaba precioso, tenía los mofletes rojos y el iris de un color amarillento. Era demasiado bonito para ser real.

Aquella noche la esperaba a ella. No sabía cómo era, pero le daba igual, sabía que aunque fueran polos opuestos, podrían arder juntos, podrían encender las luces el uno del otro, porque de eso se trataba, de concordar, los dos querían llegar a sentir lo mismo, el calor de un amor interceptado por una chispa de homogeneidad entre ambos.

Ella era transparente como el agua (aunque olía diferente, olía bien, olía a ganas de quemarse, olía a adicción).
Ella a veces parecía peligrosa, parecía un incendio forestal si alguien le penetraba en su corazón como un rayo lo hace en el cielo.
Aunque dice que le atraían las cosas que quemaban, como una noche entre un montón de infiernos con ganas de jugar alrededor de una hoguera.

Cuando ambos se encontraron y se saludaron, supieron que aquello no iba a quedarse ahí, en tan solo un apretón de manos. A ambos les invadió la sensación de calor y nada más llegar a casa comenzaron por quitarse la ropa.
Estaban ardiendo en deseos de... digamos que de provocar un incendio. Eran los pirómanos perfectos para llevar a cabo esa misión.

Y así fue como el fuego, conoció a la gasolina.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Intensamente fugaz.

No estás.
Yo quiero estar.
Tú puedes pero no quieres.
Yo quiero pero no puedo.

¿Nuestra solución?
Dejarlo estar.
Mantenernos fuertes,
no estar en ruinas.

Yo desaparezco
mientras intento olvidarte.
Y tú no te vas,
no quieres irte de mi mente.

Yo intento
romper las fotos,
los recuerdos,
no mirarte a los ojos.

Romperme los huesos,
por nuestros besos,
y morirme de ganas
por uno de esos.

Pero a lo único que
rompo, es a llorar.
Y no puedo hacer más
que lo que he hecho ya.

He rezado
aun sin ser creyente
a la muerte
para que no me lleve.

Mis demonios
cada vez
sonríen más y yo...
yo ya no estoy más.

Me he ido de
la vida de muchos
y no consigo entrar
en la vida de nadie.

No sé qué hacer,
es exasperante
estar así.

Fue tan intensamente fugaz
este amor, que ahora
la estrella se ha estampado
contra la realidad.

Maldito amor,
debiste ser bueno,
o soy yo, que quizás
he nacido para el odio.

Lo único que
se me da bien del todo
es la sensación
de echarte de menos...
todo el tiempo.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Caótico desastre emocional.

Soy tan transparente
que puedes ver en mí
las lágrimas de cocodrilo
y las ojeras de insomnio.

Soy tan transparente
que me pondría ahora mismo
a gritar tu nombre
seguido de un «te quiero».

Soy tan tonta... perdón,
tan transparente
que podrías pedirme que
me bañase en el mar
con mis sentimientos al desnudo
y lo haría.

Soy tan victimista del amor,
que hasta el propio Cupido,
dejó de clavarme flechas
para empezar a hacerlo
con cuchillos.

Soy tan patética
que cuando tengo ganas de llorar
me escondo en la ducha
para que no se note.

Soy tan pasional...
pero tan, tan pasional...
que quise acabar este poema
con algo especial
y solo se me ocurrió
una simple y dichosa frase
caótica:
me haces falta.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Imposible.

Ella era escéptica,
emanaba en su interior
un río de
desesperanzas.

Andaba siempre
en línea recta y decía
que no hablaba nunca
del amor.

Sonreía a ciencia cierta
cuando un gesto
de un bufón
le hacía gracia a su corazón.

Y dice
que conoció
el amor,
el día en que murió.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Sábanas pasadas.

Ellas (me) dicen que
saben quererte mejor
ahora que yo
no estoy más
a tu lado, y que
sonríes
de forma diferente
desde que no nos vemos, y,
yo les dije que
nunca he visto
sonrisa
más sincera que 
cuando te besaba
después de uno
de esos
que tanto nos gusta
en la cama.
Les dije que
nunca has sido
tan bonito como
cuando (yo) te miraba
de lado y
te dabas
media vuelta
en nuestra cama
porque
decías que
no te gustaba
cuando te miraba
fijamente.

Y solamente
vengo a recordarte,
que cuando agachabas
la cabeza
y decías
"te quiero"
y después
sutilmente
susurrabas al viento
mi nombre,
me invadía un
no sé qué,
que qué se yo,
que ni la galaxia
más cercana a 
mi mundo
puede sentir
ese escalofrío
que tú provocas
las noches en las que
más frío
tengo.

Y ya no sé
si recordarte
con la luz apagada,
porque el corazón
se me acelera,
cuando doy
la última calada,
y al cerrar los ojos
pienso
en que existimos
-de forma pasada-
por un tiempo
tú y yo
juntos, y que,
sonábamos
más bonitos que
Sabina cantando
bajo la Torre Eiffel
o que
nos admiraban más
que a un
cuadro de Botticelli,
porque no había quien
pintara nuestro desnudo
más que nosotros
cuando nos
pintábamos
a oscuras.

Y bueno,
qué voy a decirte
yo de arte, si tienes el 
récord del mundo
en ser
la geografía
con más ganas
de ser visitada.

Porque yo ya 
te digo que
me es imposible
pensarte
sin decirte que
ese lunar que tienes
en el lado
izquierdo de
tu cadera,
aparece cada noche
en mi
mapa de sueños.

¿Y qué más
puedo escribir
que no te haya
(d)escrito ya?
Creo que
-a veces-
al suspirar
recuerdo
cómo, cuánto, y
en qué lugar,
complacías
a mis oídos
con tus
susurros
entrecortados por
tu risa
y acariciabas
mi nuca con tu
dedo pulgar, y
yo me sentía
absurda y
completamente
atraída
por tus roces.

Y dicen también
mis huesos
que están congelados
desde que
dejaste
que el Invierno
penetrara en ellos.

Pero
no pasa nada,
solo pasan
días
y doce noches
en las que
el insomnio tiene
nombre
y apellidos.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Bosques y lobos.

Corre. -me susurraba la voz de mi cabeza- Escapa de ellos.

Ellos me perseguían como quien es pobre y persigue a un trozo de pan. No sabía por qué. Tampoco me hacía a la idea de qué buscaban que pudiese poseer yo y no otra persona.
Así que me adentré en el bosque.
Había millones de pájaros revoloteando solo porque yo no hacía más que correr asustándoles. Ellos me seguían de cerca y yo tenía que distraerlos. ¿Cómo? No tenía ni idea.
Andaba entre árbol y árbol, en zigzag, de modo que así ellos pudieran perder mi rastro.
Yo corría deprisa pero sabía que ellos algún día me alcanzarían. No podía sobrevivir con vida más de dos días dentro de ese bosque. Quizás no resistiría una noche allí sola. Sin nadie. Sin ayuda humana.
El Sol ya no salía de entre las nubes y eso estaba cada vez más oscuro, yo estaba cansada de correr.
Parecía que aquella monstruosidad había dejado de seguirme. Así que me calmé y me recosté oculta entre ramas para que nadie lograra verme.
Hacía frío así que me puse la capucha para resguardarme un poco más.
No podía evitar estar más asustada de lo que ya lo estaba, así que traté de calmar mi respiración.

De pronto, escuché un ruido. Y salí corriendo. Ellos me seguían de nuevo.
Pero algo malo ocurrió en aquella tarde.
Tropecé con una rama. Y me caí. La sangre me helaba los huesos. Y ellos me alcanzaron. Me rodearon. Y empezaron a aullar. Tanto, que cada vez que lo hacían, un escalofrío recorría mi cuerpo.
Me olisquearon entera. Y uno de ellos empezó a gruñir...
Lo último que recuerdo fue que me desmayé...
Y después, desperté en un sitio que no conocía. ¿Dónde estaba?
No lo sabía pero estaba ilesa... Aquellos lobos no me habían herido. Me temía lo peor. Algún cazador los había matado y ahora me tenían aquí retenida... pero de repente, algo, me sorprendió.
Una camada de lobos apareció por la entrada de aquella... cueva, estaba en una cueva.
Venían con un animal en su boca, un aguilucho que carecía de vida, lo habían matado... ¿y yo estaba ilesa? Seguramente sería su banquete de despedida y eso era un entrante...

Uno de los lobos vino hacia mí y lamió mi herida.
Entendí entonces que lo que querían no era herirme, sino cuidar de mí.
La energía proveniente de sus ojos era una energía positiva, ¿es así como aman los lobos?
¿Es así como la naturaleza te trata? ¿Con amor?

Supuse entonces que de lo que yo huía no era del miedo, ni de la cobardía ante una situación de peligro... yo huía del amor.
No dejaba que nada ni nadie me cuidara.
Tenía tanto miedo al amor que cuando de verdad alguien logró demostrármelo, lo rechacé...
Y me estaba dando cuenta ahora.
Me di cuenta de que el amor no lo elegimos nosotros, sucede y ya está, de pronto caes y no paras de ponerte nervioso, de agarrarle las manos al otro, de mirarle a los ojos y retirar la mirada de ellos cuando penetraban en los tuyos, de imaginarte mil momentos y que la imaginación jamás logre superar a la realidad, de tener miedo de perder, de arriesgarlo todo para luchar por ello, y aprendí que el amor no era cuestión de uno solo, que tenía que ser de dos, y si esto no salía bien, una de las dos personas iba a sufrir, a pasarlo mal, a pensar en el otro de una forma solitaria y dura... y que era esa la razón de mi temeridad.

Entonces aquel lobo dejó de aullar. Supo que me daba miedo que lo hiciera.
Y comenzó acurrucándose a mi lado. Lo hizo por mí. Nunca me habían tenido tanto en consideración como aquel ser vivo me tenía en su vida.
Yo, por muy raro que me pareciera, acepté su amor, que provenía de naturaleza pura... y lo acaricié. Le devolví el cariño que me estaba dando. Hacía mucho tiempo que un amor no era correspondido. Aunque no fuese amor real, amor de los que duelen, amor de los que se terminan acabando, amor entre dos personas...

Desde entonces ya no me ando por las ramas, ya no gritaba silencios, ahora susurraba al viento un único nombre... el de la única persona que había logrado intensificarlo todo en mi vida. Y me di cuenta de que si no lo amaba ya, no iba a hacerlo nunca...

Finalmente... logré enamorarme de él... y él de mí. El bosque era mi tesoro, y yo su inquilina.



lunes, 3 de noviembre de 2014

b12

Quizás tu nombre empatizó bien con mis oídos cuando te escuché pronunciarlo y por eso ahora al pronunciarlo me hiere en el pecho.
Por eso ahora me dicen que al suspirar se me colorean las mejillas de ese color rojizo del que hablan, que pega bien con el color que tienen tus labios después de uno de mis fríos besos.
Quizás por eso me cueste más reconocer que me haces feliz (porque antes no lo era).
Por eso me desnudo en versos, por eso te dejo que conozcas lo que siento, por eso al acariciarme me estremezco entre tus brazos, por eso te dejo que me robes los besos, que me robes el tiempo, que me consumas la mirada, por eso solucionamos los poemas con versos largos.
Y por eso me levanto en la madrugada cada noche.

Porque me faltas.

Y me haces falta.

Y me pitas falta en 

nuestros reencuentros
y entonces,
hasta el amarillo me parece bonito.

Pero ya no te cuento cuando

me expulsas del campo.

Y mis ojos empiezan a 

arder.
Y tus labios empiezan a 
quemar.

Y yo soy el único

ser congelado en la nada
que puede, y es capaz
de salvarte de todo.

Y la vida

se ve desde otra
perspectiva
solo cuando tú
me miras.

Cuando dices que

no hay otra
persona que
te apetezca ver.

En ese instante,

entonces, es cuando
mi alma
sonríe.

Y se quejan

los ángeles
-les he oído-
de que no existe
un Cielo más bonito
que cuando tú
y yo
estamos en el
mismo
sintagma nominal.

Es entonces cuando

el azul,
se convierte en
cristalino,
como tus ojos.

Te juro que

en mi lista de
Maravillas del Mundo
tú estás
en la cima, porque
me enseñaron que
las mejores cosas
no hay que olvidarlas
nunca.
Y yo tan siquiera
me he 
planteado olvidarte.

Y dicen que

cuando te digo
te quiero,
el mundo entero
pega un vuelco.
Porque no hay palabras más
sinceras
que las que 
salen de mi boca
cuando pienso en ti.

A veces pienso

en que
cometería cualquier
crimen habido y por haber
por sacar de recompensa
una de tus
sonrisas.
Pero me han dicho
que es ilegal,
y que
tendría que dejar
de verte.

Pero dime entonces,

¿es legal
echarte de menos cada 
segundo de cada 
dichoso día?

Así que lo único

legal que se me ocurre
es una cosa,
escaparnos.

¿Qué me dices?



domingo, 26 de octubre de 2014

Me debilitan.

No os hacéis una idea de cuántos demonios crecen dentro de mí y de qué forma...
Están hambrientos y pretenden devorar mis entrañas. Les da igual cómo, y cuándo...
Duelen.
Aquí dentro no hay espacio para seres inhumanos. Ni siquiera tuve el poder de decidir si quería venderle mi alma al diablo... Y lo hice.
Ahora es él quien me controla.
Me manda tareas incalculables. Habita en mis vértices y me hace tener la necesidad de mostrarle al mundo entero de qué pasta estoy hecha.
Aunque yo no quiera.
Aunque no sea capaz de pestañear en cada paso que doy.
Me muerden si doy un paso en vano. Me ponen la zancadilla si hago algo de forma en que a ellos no les guste.
No hay forma de calmar a mis demonios. No hay forma de hacer que paren.
Intento pedir ayuda pero nadie contesta a la llamada de socorro.
Intento salir de este mundo pero cada vez me adentro más en lo oscuro.
Las rosas pinchan cada vez más.
El humo negro me atrae.
Las cápsulas de felicidad hacen que recorra su cuerpo mentalmente cada noche... les llamo cápsulas de felicidad porque me hacen pensar en él y en la manera que tiene de arquear las cejas cuando algo no le gusta. 
Susurran voces en mi cabeza versos rotos de poetas suicidas... Intento hacer que callen pero no logro conseguirlo, no hay fuerzas suficientes...
Nunca he sabido qué es el amor.
Es una palabra frustrante para mí. Me hace daño solo con leerla y por eso intento alejarme de ella lo máximo posible.
No hay amor.
No hay pasión.
Solo lujuria en mis ojos.
Pero mi corazón dice que quiere actuar. Que ya le toca a él. Que no es un monstruo... Aunque a mí sí que me parece un ser monstruoso. Le tengo miedo. Un miedo terrible.
No hay amor.
No hay ojos que me miren con luz propia.
No hay faros encendidos donde pueda dirigirme sin perderme...
Solo hay gemidos en medio de la soledad... solo hay partículas en mitad del Universo... diluidas, en forma de gas... mentes disecadas... silencios que gritan fuerte, gritos que se silencian en mi garganta...
No hay amor.
Quizás así mis demonios se lo crean y puedan irse de mi mente...
Sí hay vicios... está su boca.
Sí hay debilidades... está la sensación de sus labios en mi espalda...
"¡Calláos!", les grité.
Y por un momento bajaron el volumen...

Solo musitaban una cosa... tu nombre.

martes, 7 de octubre de 2014

Pensándote.

A mí decidme que no entiendo de amores. 
Decidme que no sé lo que es mirarle a los ojos y esbozar una sonrisa con cada gesticulación de mi cara.
Decidme que no le he tenido entre mis brazos y he apretado tan fuerte que desearía no haberme separado nunca de él.
Atreveos a negarme que no rocé sus labios, su cuello, su piel... y entonces, solo entonces, podréis afirmar que no le quería.

Pero eso no ha pasado (ni pasará).

He visto su iris apareciendo como la luz más bonita en el Universo.
He visto su pelo despeinado por mis manos guerrilleras.
He visto su sonrisa. (Y que nadie trate de separarme nunca de ella.)
He visto su imagen en mil sueños, y le he visto dedicándome la mirada que esperaba en los límites de la ciudad más hermosa del mundo.

Traté de contener a mi corazón, pero cada día latía en sintonía con el de otra persona...
Cada día iba creciendo...

Que no desearía verle todos los días (oh, por supuesto que lo haría).
Que no desearía discutir entre risas con él cada día mientras hablamos por teléfono.
Que no desearía que él me quisiera con la misma intensidad que yo le quiero.
Con la misma fuerza.
Con la misma confianza.
Con el mismo empeño...
Vaya si lo haría...

Ojalá no tuviera que echarle de menos cada minuto del día...

Ojalá estuviera aquí...
Ojalá tuviera razones para dejarle ir... pero sabe perfectamente que no las tengo.


Y la única razón de escribir este texto era no pensarte, pero no me sirve de nada si cuando escribo lo hago para ti.

(Lo siento, pero te siento.)



sábado, 13 de septiembre de 2014

No pretendo que lo entendáis.

Qué bonito me pareces a estas horas con el vodka, Oasis de fondo, y nuestras fotos delante.
Tú, que eres mi salvapantallas (o mi salvavidas ahora que no me estás leyendo).
A ti que te echo de menos las noches en vela, los sábados que me quedo en casa sin ganas de salir a darlo todo, con un cubata en la mano y en la otra un libro sobre cómo lograr querer sin haber sido querido antes, que se narra en forma de poesía mutilada por los ojos de un viandante sin camino, y que está retractada en los versos perdidos de un navegante sin rumbo fijo, sin brújula, en medio del océano de sus propias lágrimas de poeta enfurecido que daría la vida (y su barco) por lograr que alguien lea su retahíla de versos, por sentirse escuchado en verso y prosa, por sentirse amado por una dama con un vestido del color de las rosas, y que tenga una personalidad narcisista. Porque dicen que no hay nada mejor que ganarse el amor de un narcisista; imagínate que alguien con esas características logre amarte de la misma forma en la que se ama a sí mismo. Debe ser algo maravilloso.
Ay, el amor…

Hay noches en las que me gustaría simplemente comentar sin ningún problema cómo me siento.
Y esta es una de esas noches en las que quiero desnudarme entre versos, porque sé que pocos me leéis, y apenas la mitad de vosotros me entiende.



Creo que soy mitad oscuridad y mitad luz; y cuando soy oscuridad todo me gusta más, es como si, al ser oscuridad y luz a la vez, yo brillara en la oscuridad, y al ser luz, desapareciera en ella en forma de sombra.
No sé si me entendéis, tampoco pretendo ser entendida.
Soy algo que no sé explicar de otra forma que no sea esta.
Amo mucho, pero nadie me ama. Y eso duele. Y cuando me siento querida es bonito, pero al segundo, noto como si quemara, como si al final de todo tuviera miedo de arder yo sola. Como… si nadie fuese capaz de morir por mí.
¿He marcado a alguien en la vida? Esa es mi pregunta. Y con “alguien” me refiero a alguien del sexo opuesto.
¿Algún chico me ha visto como la luz o la oscuridad al mismo tiempo? Si alguien ha conseguido eso alguna vez entonces era el amor de mi vida. Pero aún no lo he encontrado, o no ha querido que le encontrara todavía.
Aun así, nadie quiere ser mi oscuridad. Todos quieren ser luz, se creen que así resaltarán más…
Pero en mi oscuridad, la lista de chicos a los que he querido de verdad (quizás sean menos de los que os imaginéis), han brillado. Y yo he estado en la luz de todos esos chicos como una sombra. Casi invisible. Y pisoteada. En el lado contrario de donde me gustaría haber estado.



Solamente quiero ser la oscuridad de alguien y brillar más que nadie junto a esa persona. No voy en búsqueda del amor eterno. Voy en búsqueda de la convivencia, de la supervivencia junto a una persona, de amar y sentirme amada, de elegir decisiones con otra persona, de poder reescribir los libros de Historia con alguien.


jueves, 21 de agosto de 2014

Leer tu cuerpo en braille.

Habré leído poemas (¡mira que he leído poesías!) y él siempre será más bonito que cualquiera de sus estrofas, que cualquier verso, que cualquier metáfora sobre el amor.
Será más bonito que ver amanecer teniendo de fondo el océano, más bonito que una aurora boreal en plena noche (y detrás de ella ver difuminadas a la Luna y a las estrellas).
Qué hermoso suena el cantar de los pájaros a las seis de la mañana, y sin embargo, qué horrible se me hace escucharlo todos los días sin él a mi lado. (¿Veis por qué digo que es bonito?)
Belleza externa (e interna). Vaya que sí.
Era bello mirándole de lado, de frente, de espaldas, del otro lado de perfil, desde arriba, desde abajo, aquí, allí, y allá. En el retiro de Madrid o en las ruinas de Roma. En silencio o gritando la ausencia de mis cuerdas vocales.
Siempre era y es hermoso.
Bueno… qué iba a decir yo sino.
Que vivo impregnada de su belleza, porque tengo la suerte de conocerla. Y de conocerle. De hecho le he vivido.

Siempre he pensado que las personas están para leerlas, que son como un libro, y de momento, creo que él está siendo mi libro favorito… Sin duda alguna lo es.
Me está costando mucho leer este libro, pero cada día avanzo una página más, ¿queréis saber cuántas páginas llevo ya leídas? Exactamente ciento veintiún páginas. Cada cual mejor que la anterior. Ni siquiera la historia comienza con un “érase una vez…”, la historia comienza a finales de Abril con un elogio precioso que se ve reflejado en cada uno de los relatos que le escribo. Sí.
El libro es bonito.
La portada también.
Pero yo, no quiero terminarlo nunca. O quiero volverlo a leer eternamente. Y si se acaba quiero que tenga un final abierto porque me encantaría imaginarme más páginas como las que ahora estoy siendo capaz de leer.
O leerlo - y leernos - juntos una y otra vez. No sé.

Por eso le desnudé con palabras. Y sin ellas. Y con ropa y sin ella. Le desnudé el alma. El corazón. Y ninguno de los dos se quedó con frío.

Nunca nos quedamos con frío.

lunes, 4 de agosto de 2014

Catarsis.

Escribía tan sólo para calmar a mis demonios. Esta noche estaban escandalizados. No estabas aquí y ellos se ponían furiosos. Llenos de rabia. No había quien los controlara.
Escupían fuego y no se disculpaban. Me daban patadas en el estómago. Me atormentaban. Jugaban a clavarme las garras. Y todo porque me hacías falta.

A veces a ellos les bastaba con que les abriera la puerta y les dijera "todo está bien", para que se fueran. Pero esta noche no. Esta noche era diferente.


Ellos querían verte y tranquilizarse. Verte entrar por la puerta con cuidado y dejando las llaves en la rinconera junto a la estatua de sal que yace recobrando la forma de un lobo blanco que aúlla sin descanso aparente, y justo cuando entraras escuchar tu "cariño, ya estoy en casa". Pero esta noche no estaba siendo como esperaba.
Te habías largado sin mí. Sin mis demonios. Me dejaste congelada en un verano infernal. Fue horrible tener la sensación de estar vacía y saber que a mi alrededor había millones de cosas que podrían llenarme.
Millones de botellas de alcohol.
Pero prometí que no volvería a beber. Así que no lo hice.
Y te esperé.
Pero tampoco llegabas.

Las agujas del reloj me estaban matando y como si se tratase de una película de acción, cogí el reloj y lo lancé contra la pared con tanta rabia que no pude controlarme, y seguí con todos los cuadros que me habías pintado. Seguí con los vinilos de coleccionista que tenía. Dios Santo, estaba perdiendo el juicio. Me estaba volviendo loca totalmente.
Entonces paré.
Y me puse a llorar intentando recobrar el sentido de cuán feliz era antes y por qué ahora no lo era.
Habías desaparecido.
No estabas.

Te dejé trece llamadas perdidas y unos diez mensajes de voz en el contestador. ¿Dónde estabas?
Nadie contestaba.
Y a mí me hacías falta.

Tenía un pequeño pinchazo en el corazón. Me dolía aquella parte del pecho. Tenía ganas de expulsar el corazón por la boca y en un intento de desangrarme mentalmente por causa de los estragos, oí el motor de tu coche al otro lado de la puerta.
Sentí miedo, y al instante veracidad. Eras tú. Lo notaba en el alma.
Inquietud.
Calma.
Todo al mismo tiempo.

Tú, roto y vacío, me complementabas.
Te vi.
Y te besé.

Entonces todos los vasos empezaron a llenarse de agua. Y mis vasos sanguíneos de sangre. Ya no tenía frío.
Los dos estábamos tirados en el suelo.
Entre vinilos y cristales rotos.
Entre el infierno y el Cielo.
Demonios y Ángeles.
Catarsis.

Éramos el punto medio de todos los extremos. Uníamos al miedo y al valor. Uníamos el amor y el odio.
Juntos.
Simplemente éramos.


sábado, 5 de julio de 2014

La historia de Margaret y Kevin.

Aquella noche Margaret salía a dar un paseo mientras su pálida piel era iluminada por las estrellas y una de las dos mitades de la luna.



Ella se había dado por vencida aquella noche y decidió matar a los monstruos que le atormentaban.

Se quitó su abrigo de piel sintética y se desnudó para meterse en el mar a esas horas de la madrugada.
El agua iba subiendo por su piel a medida que ella se adentraba en él. Éste, le recorría lentamente el cuerpo, así, como un susurro entre sus piernas que poco a poco le hacía cosquillas en el estómago, y más tarde hasta llegar a su cuello, donde recordó las caricias que él le hacía cada noche mientras ella se estremecía.


Aquel chico le volvía completamente loca. Jamás hubiese conocido la locura de no ser por él. Se ponía nerviosa sólo con escuchar su voz, las muletillas le salían solas cada vez que mantenían una conversación, y las risas ya no podían contenerse, claramente era algo único lo que ese chico le hacía sentir a Margaret.



A veces, su timidez le importunaba, pero conseguía por completo que ella le prestara su cuerpo cuando por la noche le decía "pequeña", porque él sabía que a ella le encantaba aquello.




El olor a vainilla impregnado en su cuello le hacía a él quedarse atónito, fuera de lugar, perdido totalmente. Pero él se encontraba en cada beso que se daban. En realidad, podría decirse que siempre decía que estaba perdido para que ella no parara de buscarle, y seguidamente, con un beso, encontrarle.

Kevin decía que no conocía la cordura cuando estaba cerca de Margaret, y eso pasaba todo el tiempo.


Cuando Kevin se preguntaba dónde había estado Margaret toda su vida, ésta, sólo sabía responder: "he estado aquí todo el tiempo, pero nadie ha sabido encontrarme como tú lo has hecho". 

Entonces Kevin decía enamorarse más cada segundo que transcurría después de que ella repitiera esa frase unas trescientas sesenta y cinco veces al año.
O cada vez que escuchara la dulce voz de Margaret, porque Kevin creía que Margaret tenía la voz más preciosa del Universo(y no lo pensaba precisamente porque fueran altas horas de la madrugada y hubiese bebido un poco de más esa noche).



Para los dos era difícil extrañarse sin apenas tenerse, pero era algo que no podían evitar.

Las noches sin poder dormir se hacían largas para Margaret porque él no podía acompañarle en su insomnio a ella.
Pero eran aún peor las mañanas en las que Kevin no podía despertarle a ella con el desayuno en la cama, o con caricias a las once de la mañana de un lunes festivo cualquiera.
Y las ganas les estaban torturando a los dos.

Ambos se complementaban de una forma un tanto excéntrica, sólo ellos dos entendían el concepto de relación que tenían, pero a ellos les bastaba con eso.
Se adoraban en secreto delante de todos, y gritaban que se tenían ganas mientras se hacían el amor el uno al otro, y con eso era más que suficiente.
La primera vez que decidieron hacer algo juntos, se sintieron tan conectados, que, a pesar de sus indiferencias, parecía que eran iguales.
Tenían la piel de la misma textura, ambos se recordaban el uno al otro acariciándose cada vez que un copo de nieve les caía en la mano, decían que era como tocarse y deshacerse a la vez, por eso lo asociaban a las noches blancas de Diciembre.
Cuando hacían el amor comparaban la temperatura de su piel con la del fuego y siempre creían que no haría calor suficiente ni en el Infierno que pudiera superar el suyo cuando conectaban su piel. Para ellos era la forma más honesta y bonita de demostrar que se querían.


Margaret decidió salir del mar aquella noche cuando por fin las nubes dejaron al descubierto la otra mitad de la luna, y ésta, estaba llena, y completa de felicidad.






martes, 24 de junio de 2014

41

Me había perdido por completo aquel día a principios de Junio, no me encontraba yo, y no me encontraba nadie. Apenas me sentía completa, y tampoco nadie me completaba. Me sentía vacía en un mundo repleto de personas con ganas de sentirse llenas, como yo.

Pasaban los días y sin darme cuenta, a mediados de Junio sonreía como una niña pequeña cuando acaba de estrenar un juguete precioso.
Alguien estaba removiendo mis sentimientos, y yo necesitaba sentirme así como agua en Mayo... ¡vaya que si lo necesitaba!

Ahora que estoy en medio de una canción desesperada diré que de no haber sido por aquellas sonrisas que me sacaron a flote, me hubiese hundido hace mucho.
Me sentía a salvo entre carcajada y carcajada, pero no me daba cuenta del sentimiento que estaba ocurriendo aquí adentro, del sentimiento de rareza que me envolvía.
Los "buenos días" me daban la vida, y las "buenas noches" a veces sentía que me la quitaban porque no sabía si al día siguiente íbamos a volver a hablar o simplemente lo dejaríamos pasar, y la verdad es que no me apetecía dejar de hablar contigo.

Los abrazos imaginarios se apoderaron de mi mente, y en un intento de dejar de pensar en eso, el corazón me arrebató esa idea de la cabeza, y no hizo otra cosa sino que hacerte aparecer cada noche en mi mente.
Maldito corazón impredecible.
Por las noches dormía abrazada a la almohada para aparentar que te tenía aquí cerca, pero al segundo día ya no me servía esa manera de sentirme como si estuviera a tu lado. Y tenía ganas de estarlo de verdad.

Cuando por fin escuché tu voz, sentí cómo las hormigas invisibles subían con delicadeza recorriendo toda mi piel: desde los pies hasta los hombros. El cosquilleo producido era similar al de las caricias y entonces pensé: ojalá estuvieras aquí.
Pero no estabas.

Los días pasaban y yo pasaba de imaginarme sin ti a imaginarme contigo, y mentiría si dijera que no me gustaba imaginarme contigo, porque el poder que tiene la mente para imaginar me daba la vida, ya que no podía tenerte aquí a mi lado.
Así que un día te besé mentalmente y creo que me gustó más que cualquier beso que me hayan dado. Me hubiera escapado de casa de no ser porque las consecuencias de hacer eso serían no volverte a ver, y casi que prefiero hacer las cosas bien a perder cualquier minuto sin ti.

Y, ¿sabes una cosa? En mis pensamientos hasta la torre Eiffel nos tiene envidia por tener más luz propia que ella, incluso Roma parece poco romántica cuando pienso en ti y en tus vértices, y Venecia me ha dicho que nos regala un paseo por sus aguas si le prometemos que no seremos tan bonitos como ella, pero me da que es imposible, porque tú eres precioso.



viernes, 13 de junio de 2014

8.

A veces os juro que su nombre me suena a poesía con ganas de ser recitada todo el tiempo.
A veces "todo el tiempo" tan sólo son treinta segundos de caricias, pero para mí sigue siéndolo todo.
A veces 'todo' es algo inagotable que envuelve hasta el último detalle.

No sé.
Supongo que la cordura no es lo mío.
Supongo que la paciencia tampoco, y por eso permanezco aquí con un reloj atado como una soga al cuello.

Me dijo mil veces que fuera paciente, que estuviera bien, que fuese correcta, pero, por el amor de Dios, no me pidas eso cuando sabes que mataría por verte andar por el pasillo de mi casa con toda tu geografía al descubierto.
Por el amor de Dios.

Cuando todo estaba calmado llegas tú con tu indiferencia y apareces cuando no te he llamado. En realidad, me hubiese parecido una invocación de no ser porque soy un poco escéptica en estos casos, pero es que justo en ese instante estaba pensando en ti, y tu nombre resaltó de repente.
El mundo está lleno de casualidades, y tú fuiste la más bonita, de hecho.

En realidad, ¿sabes qué? 
Vuelve a aparecer las veces que quieras, ya no sé cómo controlarlo. Ya no sé cómo salir de ésta. No sé cómo salir de ninguna de las tuyas.

Además, cada vez que apareces perviertes todos mis sentidos. No sé cómo lo haces. No sé cómo lo consigues. Pero no me ayuda nada saber que puedo estar enredada en tus vértices y verme aquí en esta noche fría de verano, irónico, ¿verdad?

Realmente no recuerdo tu nombre, por eso creo que "Ocho", es la palabra perfecta para describirte.
No me preguntes por qué. Ni yo lo sé. Y si lo supiera no te lo diría. Sería incapaz de mostrar todos mis sentimientos a flor de piel porque soy incapaz de decirte que me gustas. Sería incapaz de darle al 'enter' a esta chorrada si no supiera que no ibas a leerlo, aunque seguramente lo hagas, nunca sabrías que pierdo el Norte por dedicarte el Sur de mis caderas.


Hasta pronto, Ocho.


lunes, 9 de junio de 2014

Precioso.

Cuando me preguntaron qué fue lo que vi de bonito en él... respondí que todo él entero era bonito.
Desde su manía por meterse las manos en los bolsillos cada vez que andaba a mi lado, hasta su forma tan incompetente de discutir qué película queríamos ver aquella noche.
Desde sus pupilas hasta el centro de su espalda.
Desde su cuello hasta sus labios ásperos y finos. 
Todo él era belleza.


Si me hubiesen preguntado qué era lo que veía en él hubiese respondido que para mí su cuerpo era el mejor arte que podía existir jamás, y que su voz era la banda sonora de mi vida... si no fuese porque ya lo era.

En realidad... para qué creer en una religión cuando creía en sus perfecciones y en sus defectos. Cuando creía que un defecto suyo era una virtud más a poner en contracorriente de mis defectos. Joder, qué maravilla de chico tenía delante ese día.

Tantas veces soñé con sus besos que cuando la primera vez que nos besamos de verdad creía haberlo hecho ya de no ser porque me envolvió en una nube de deseos.
Y...
Ay, Dios Santo.
Cuando le besé mi instinto animal se despertó.
Y sólo quería pasar las noches con él para que me enseñase a pelear en la guerra entre nuestras sábanas.
Y sólo quería despertarme todas las mañanas con un cosquilleo en la barriga provocado por sus besos en la madrugada.

Y bueno, nos quedaban tantas cosas por hacer...
Creo que necesito siete vidas para vivir con él para que nos de tiempo realmente a terminar todo lo que quiero empezar a vivir con él. Creo que necesito todos los segundos del mundo para disfrutar de sus caricias en mi espalda. Creo que no quiero perder el tiempo si no es con él. 
Y quiero que me cante todos los días "Wonderwall", y quiero poder cantarle yo el estribillo porque para mí él es mi maravilla. 


Sinceramente ni todos los versos del mundo son suficientes para hablaros de su belleza. 
Sinceramente no quiero que le conozcáis porque quien le descubra seguro que querrá arrebatármelo. Y le necesito.
Le necesito más que a nada.
Más que a nadie.
Más que a todo.


Así que, por favor, no me habléis de belleza si no le habéis visto andar. No me habléis de belleza si no le habéis oído cantar o respirar, si no habéis escuchado su nombre entre los susurros del viento.

No me habléis de belleza si no le conocéis.



jueves, 5 de junio de 2014

Di que te quedarás.

Mira qué bonito queda todo esta noche.
Oasis y él.
Él y Oasis.
Dos de mis vicios inconfesables se han sometido a un desnudo en toda regla.

Comencé con "Stop crying your heart out" y acabé por tus pupilas negras.
Esta noche sabía que los suicidas elegirían a Oasis para su trágico final. Quedaba incluso bonito. Morir por amor (a la música, al arte, a él). El caso es morir.
Yo intenté morir mentalmente cuando comenzó la noche.
Me asustó leer tu nombre en las notificaciones de mis mensajes, pero a la vez me alegró, creo que en el momento supe que comenzabas a descolocarme.
Qué dolor sentí en el pecho. Qué incomodidad. Qué nudo en la garganta. Qué ganas de abrazarte, besarte y sentirte.

Cuando me preguntaron por tu voz respondí que era algo que sólo yo entendería. Igual que cuando me preguntaron por mi canción preferida de Oasis. "Don't go away" sonaba de una forma tan sensual aquella noche (hace tantos años).
Me hacía pensar en tu silueta. En tu torso desnudo. En aquel monumento llamado cuerpo...
Joder, me hubiese recorrido tu geografía sin tan siquiera tener la necesidad de mirar el mapa. Pero siempre terminas yéndote, o dejándole a otra que lo haga. Otra que no tiene ni idea. Otra que no se aprendió tus lunares de memoria, que no se aprendió los puntos de trayectoria. Simplemente a otra.
Eres tan ignorante que no te fijaste en que a mí no me hacía falta aprenderme cada rincón de tu cuerpo porque nos atraíamos cual polos opuestos.

Nuestro magnetismo se sometió a un fuerte vendaval de preguntas que acechaban tu huida. Y en efecto lo hiciste. Te fuiste.
Y ahora has vuelto.
Has vuelto como cuando quise deshacerme de la letra de mi canción favorita y olvidarla. Has vuelto como vuelven los imposibles.


martes, 3 de junio de 2014

¿Qué me dices?

Mi mente ya estaba tardando en desear lo que no debía. 


Un cúmulo de cosas se me amontonaron entre tanto papeleo en la mesa. Lo quemé todo. Quemé todo mi pasado y sólo quería una única cosa hoy: a ti.
Fue la indiferencia la que al principio de nuestra historia invadió a mis pensamientos.
No me interesaba nada de ti. Es más, recuerdo haberme cansado de hablar contigo la primera vez que me saludaste, sólo porque habías decidido hablarme.
No me gustabas. Tampoco me disgustabas. Pero no te necesitaba.

Por el contrario, llevo unas semanas en las que creo que no puedo perder la oportunidad de conocerte, creo que me atraes, que me gustas, creo que así sin más, no he podido decidir, me has llamado la atención.
Y me molesta no ser yo a la que abres conversación todos los días, sí, me molesta mucho, pero aquí me tienes.
No sé si este sentimiento va a durarme toda la vida, o simplemente un único momento inagotable, pero quiero que dure, y no lo había querido antes tanto como ahora.

Todo en mi vida ha ido ocurriendo demasiado rápido, y para una vez que las cosas van con calma, tengo muchísimas ganas de morderte la boca y hacértelo muy rápido, a la vez que una canción de rock, qué ironía.

Supongo que todo esto que te cuento, si es que alguna vez lo lees, te importe poco o nada. Creo que tienes todo el derecho del mundo a rechazarme, a pasar de mí como lo hice yo al principio, a ignorarme toda la vida o gran parte de ella, pero sé que sabes lo que pienso sobre vivir. 

La vida está hecha para cometer errores, para querer indebidamente y para luchar por lo que quieres.


Y yo quiero quererte indebidamente y ser tu mayor error.


jueves, 29 de mayo de 2014

Inexplicable.

La cordura siempre ha sido lo que me ha vuelto loca.
Y los versos siempre han sido mi manera de escapar de las palabras, irónico, lo sé.

Sé que muchas veces me he mordido la lengua por miedo a dejar que me la muerdan, sé que muchas veces he caído por miedo a ver caer a otra persona, y muchas veces me he clavado yo misma los cuchillos con la esperanza de acostumbrarme al dolor si otra persona lo hacía. Pero no. Nada de esto dio resultado nunca. No conseguí crecer intelectualmente porque sin saberlo, dejé de aprender y aprendí muy rápido a la vez.
Nunca he logrado escuchar una canción entera sin aprender de ella una enseñanza, y tal vez es por eso por lo que intente ir adelantada en todo en la vida.
Pero estoy muy cansada.
Mentalmente.
Físicamente.
Estoy agotada.

En realidad no sé cómo expresar todo esto de una manera en la que logréis entenderlo. Tal vez es algo difícil entenderme, y por eso necesito a alguien a mi lado que intente comprender todo este desastre.
Porque soy un desastre. Y por eso necesito a otro desastre a mi lado que se llame perfección.
Se supone que si lo imperfecto se junta con lo perfecto, hay estabilidad, y es precisamente lo que yo necesito.
A ver, ya sé que es difícil, pero me gusta lo inexperto, y yo de esto no tengo ni idea. (Me refiero a vivir.)
No sé.

Alomejor estoy delirando una noche más y estoy algo perdida y mañana después de una noche sin dormir vea el mundo de otra forma. Si es que soy impredecible. Ya os he dicho mil veces que no hay quien me entienda, y sin embargo, (pocos) lo hacen.
No entiendo cómo me soportáis, cómo soportáis la inestabilidad de una persona como yo, que sabe lo que quiere pero no sabe cómo conseguirlo, no tiene ni idea. Si es que soy todo defectos.
Tengo para regalar.
Supongo que en un Universo paralelo todo esto sería diferente. Yo sería guapa, me vería bonita, a vosotros os encantaría la manera en la que me expreso, me entenderíais, sería famosa, habría escrito un libro, sería deshonesta con el mundo pero me irían bien las cosas, tendría estabilidad, dinero, ropa bonita, mi voz sería de un tono especial, sería alta,...

Pero de repente veo las cosas de otro modo.
Soy inestable.
No me gustaría un Universo paralelo porque todo el mundo leería el tipo de sandeces que estoy escribiendo ahora, y todos llegaríais al final de mis versos, y entonces todo el mundo se preocuparía por mí cuando no hay de qué preocuparse porque normalmente siempre soy así y me agobiaríais.
Así que, supongo que pasar desapercibida por el mundo es mucho mejor que toda esa mierda que os rodea a algunos. Y no me gustaría sentirme así porque no podría ser yo misma. Y si de algo estoy orgullosa es de ser como quiero ser y no mostrar dos caras al mundo. Y si de otra cosa también estoy orgullosa es de dejarme conocer poco a poco, y de sorprender, no sólo a los demás, sino también a mí misma con mis innovaciones personales.
Y de superarme.
Y de que todos piensen que no puedo y luego poder con todo.
Y así me siento ahora.
Hay una infinidad de sentimientos en mí que no puedo controlar y... si soy sincera, he pensado publicar esto únicamente en mi blog privado, pero estoy cansada de no dar la cara. Y aquí me tenéis en cuerpo y alma.


lunes, 19 de mayo de 2014

Sin título.

Mira que nunca he pensado que un miércoles pudiera ser bonito, pero aquellas cuerdas vocales sonaban como lluvia en el tejado, como un sinfín de hojas moviéndose con el aire y a la vez siendo escritas con la sangre de un poeta suicida con ganas de seguir viviendo.Inusuales.

Mis manos sostenían un libro que iba sobre cómo enamorarse (yo ilusa por poder encontrar el amor en unas páginas de autoayuda, porque nunca antes lo había encontrado), y entonces, lo escuché.

Mis piernas se movían en su dirección, y ahí estaba aquella voz de la que no tenía constancia hasta hacía un par de minutos. El dueño de aquella voz, estaba en la calle, y la hacía sonar con ritmo y concordancia de sonidos, estaba cantando junto con su guitarra acústica. Cantaba el estribillo de una canción que me sonaba, y yo estaba ahí, quieta, indecisa, y sin poder moverme.

Él me miraba de vez en cuando y sonreía, pero yo no me inmutaba, estaba loca y perdidamente enamorada de aquel sonido tan bello. 
Los árboles soltaban pelusas con el viento porque era época de que la naturaleza se alterara, junto con mi sangre, que en esos momentos estaba hirviendo. 
Era una escena tan maravillosa... (como sacada de un libro)
Tenía unos dedos que hacían absoluta poesía encima de las cuerdas de su guitarra, y la vibración de sus cuerdas vocales acompañaba tan sumamente bien a aquella instrumentación que... estaba atontada.

Únicamente pasaron dos cosas antes de que su mirada volviera a traspasarme.
Una, que volvió a sonreír. Y la segunda, que le salieron dos hoyuelos preciosos al sonreír en cada uno de sus mofletes.

Definitivamente no me hacía falta un libro de autoayuda para saber que estaba completa y absolutamente enamorada de aquel chico y de las dos únicas cualidades que había conocido esa tarde sobre él, así que procedí a tirarlo a la basura en cuanto una retahíla de canciones habían captado la atención de esas famosas "mariposas" en el estómago. 
Ahora cada miércoles es especial.



jueves, 15 de mayo de 2014

Recorriéndome

Baño con sal y espuma.




Desde la punta de mis dedos de los pies, subí caminando con los dedos por mis gemelos, hasta llegar a la cima de mis rodillas y bajar por la montaña de mis muslos. Después, mis pulgares divisaron el abismo desde mi cintura, y se asustaron, y corrieron a encontrar refugio justo por debajo de mi estómago, en mi ombligo.
La tormenta se había terminado así que como un grupo de arañas mis dedos subieron hasta el pico con mayor altura de todo ese campo de piel: mis senos.
Suavemente se deslizaron hasta rozar mi cuello con la suavidad del agua resbalándose por él. Y fijándose en cada vena y arteria que se cruzaban por ahí. Más tarde, mi barbilla; y luego mis labios (desgastados), que entreabiertos, parecían una caverna en la que resguardarse del frío, pero para eso (pensé en que) necesitaba otros labios. 
Mi nariz seguía el recorrido puntiagudamente, y mis ojos, que eran de un color entre un campo de cereales y un prado completamente verde, visualizaban ya la llegada de aquellos viandantes, cuyos nudillos estaban entumecidos y manchados por un negro abundante de las peleas psicológicas que había tenido últimamente y que provenían del consiguiente lugar establecido para reposar: mi mente.

Y esa pelea no sólo se trataba de mis pensamientos, sino de aquello que hacía que mi respiración se acelerase con tanta fuerza: de mi corazón.
Y con el corazón en la mano y mi cerebro en la otra comenzó una disputa entre la locura y la cordura, y adivinad quién gana siempre cada pelea y por qué el cerebro me castiga cada noche por mi indebida elección con un insomnio aplastante.

lunes, 12 de mayo de 2014

Esencial.

Comenzaba un domingo apático sin poder arroparme con tus caricias y tu cadera moviéndose al ritmo de mi respiración.
Encendí la última vela en aquel salón tan oscuro, y abrí la ventana con la esperanza de que mis suspiros se escondieran con el sonido del viento, pero no hubo manera. Así que lo que hice fue escuchar la canción que sonó el último día mientras nos desnudábamos con la mirada. 
Dos noches atrás, tus dientes no paraban de secuestrar a tus labios indomables, y eso a mí me ponía cada vez más nerviosa, eso a mí me ponía cada vez más. 
Mi corazón aprisionaba a mi mente y en un intento de sosegar mis llantos internos, tu voz susurró mi nombre.

Entonces me derretí.
Tú sonreíste.
Estábamos inquietos
(por saber qué pasaría)
y empezamos a querernos.

Y yo no pretendía más que esconderme entre los fríos labios de alguien dispuesto a arroparme esa noche.
Por alguna razón me había perdido hacía unos meses y no sabía cómo encontrarme.
Por alguna razón te había encontrado, supuse.

Tus pupilas negras,
dilatadas
por el humo
de la chimenea
de aquel tren.
Y tú y yo,
inhumanos,
abrazándonos
en la cornisa
de ese piso,
y mientras,
nos daba la risa.

Cometí un error y fue grabar tu geografía en mi mente, pero así los sueños son más placenteros, así las pesadillas desaparecen.
Y los monstruos que habitaban en mi interior.
Esos también desaparecen.

Y me resulta esencial la presencia de unas caricias en la madrugada del 1 de Enero, y de cada día después de ver tu iris de color marrón clavándose en mi nuca.