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martes, 30 de diciembre de 2014

Encendiéndose.

Estaba ardiendo. Temía que se le apagara la llama aquella noche. Temía que el Invierno llegara antes de lo esperado, que no pudiese disfrutar de aquella noche de meteoritos cayendo sobre el mar.
Tenía los ojos iluminados por la luz de la luna, estaba precioso, tenía los mofletes rojos y el iris de un color amarillento. Era demasiado bonito para ser real.

Aquella noche la esperaba a ella. No sabía cómo era, pero le daba igual, sabía que aunque fueran polos opuestos, podrían arder juntos, podrían encender las luces el uno del otro, porque de eso se trataba, de concordar, los dos querían llegar a sentir lo mismo, el calor de un amor interceptado por una chispa de homogeneidad entre ambos.

Ella era transparente como el agua (aunque olía diferente, olía bien, olía a ganas de quemarse, olía a adicción).
Ella a veces parecía peligrosa, parecía un incendio forestal si alguien le penetraba en su corazón como un rayo lo hace en el cielo.
Aunque dice que le atraían las cosas que quemaban, como una noche entre un montón de infiernos con ganas de jugar alrededor de una hoguera.

Cuando ambos se encontraron y se saludaron, supieron que aquello no iba a quedarse ahí, en tan solo un apretón de manos. A ambos les invadió la sensación de calor y nada más llegar a casa comenzaron por quitarse la ropa.
Estaban ardiendo en deseos de... digamos que de provocar un incendio. Eran los pirómanos perfectos para llevar a cabo esa misión.

Y así fue como el fuego, conoció a la gasolina.

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