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sábado, 18 de noviembre de 2017

Hábito de ti.

Si estás,
si te vas.
Si me guardas,
o me olvidas.


Nada importa ya,
ni tu fe,
ni tus manías,
ni ese vestido color lila,
manchado por una gota de café,
en aquel día.


Ni tu lunar,
ni mis costillas,
ni ese lugar,
ni siquiera donde me hacías cosquillas.


Ni tu culo,
ni mis tetas...
A veces la cabeza me da vueltas.


A veces, mi materia gris te recuerda.

sábado, 19 de agosto de 2017

Un cuadro y dos pinceles.

No me siento de nadie, pero sí que siento que mi lugar es contigo.


Quiero quedarme a vivir en aquel día.
Todos los días de mi vida.
Todos contigo.


Despertarme y verte ahí, a mi lado, durmiendo como si fueras un ángel.
Que desayunemos juntos, o mejor dicho, que nos saltemos esa parte del día y nos quedemos toda la mañana en la cama.
Toda la mañana acariciando tu cuerpo, notando todo lo bonito que tienes adentro.


Que me mires y sonrías, que te mire y que me muera de vergüenza como el primer día.
Como aquella primera vez que te vi bailarle a la noche eterna sin que tú me vieras.   

          
          
Eres autor, y solo tú puedes permitir que sea yo quien te toque, quien manche con sus dedos tu cuerpo, esa obra de arte.
Eres quien permite que yo sea galería y te pueda ver vivo, en cada una de las noches frías.
Eres quien hace que me levante un domingo pronto por la mañana o tal vez que me acueste más pronto de lo debido un sábado por la noche.
Eres quien me lleva, pero también quien me atrae.  

             
        
Ojalá fuese infinita la infinidad de nuestras partículas, y si es así espero que no se separen nunca.
Sé que la vida es incierta pero lo que sé de seguro es que quiero recorrer ese instante eterno contigo.

lunes, 21 de marzo de 2016

Atlantis.

"Está bien, no pasa nada".
¿Cuántas veces habrá salido esa frase de mi boca, cuántas habrá sido verdad, y cuánto de indirectamente proporcional habrá sido eso?
Tres interrogativas retóricas que se dan por supuestas con cifras altamente inimaginables.
Supongo que a todos nos ha pasado.
La incertidumbre de saber cuándo se acabarán las rachas de mierda y volverán los días buenos, teñidos de blanco, como un folio vacío, el cual mancharemos de nuevo de millones de cosas hasta que finalmente, el ciclo se repita y ese folio esté tan manchado que queramos deshacernos de él.
Pues así me pasa a mí.
Creo que, no simplemente he llenado el folio de palabras y frases que no deberían estar ahí, sino que me he dedicado a llenarlo de borratajos, y a escribir encima de ellos. Siempre he sido algo desorganizada.
Y claro, a ver cómo recupero ahora yo ese folio liso y blanco como la nieve. Si está arrugado.
Además de eso, ayer lo rompí en un ataque de nerviosismo que no pude controlar.
Y dudo que alguien pueda darme otro folio así de gratis.
Ya hubo un tiempo pasado en el que luché por otro y me lo dieron con la advertencia de que no lo rompiera. Y aún así lo hice. Lo he roto. ¿Pero qué vais a esperar del desastre convertido en persona?
Así que mis esperanzas por luchar otra vez por otro folio en blanco en el que pueda reescribir mi historia, y esta vez hacerlo bien, han desaparecido por completo. Ya no hay fe. Ya no creo en que las cosas buenas puedan pasarme.
Y es triste afirmar esto, porque yo siempre he creído en algo. En alguien.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Salvémonos.

Hubo un día en el que aparecimos, cansados, hastíos, y hartos de todo.
Y entonces tú me dijiste: “esto hay que arreglarlo”.
Y yo, con los pelos revueltos por el aire y las manos mojadas por la lluvia, te abracé, y lo entendimos como un “podremos con ello”.
Días después de la tormenta, no llegó la calma, tú seguías apático, llegabas a casa y lo primero que hacías era coger una cerveza, sentarte en el sillón y jurar en relación a lo mal que había ido tu trabajo ese día.
Yo, en cambio, tan cansada como siempre, cogía al gato en brazos, me lo llevaba a nuestra habitación y lo acariciaba desconsoladamente hasta lograr quedarme dormida después de semanas de dolor y angustia.
¿Qué nos está pasando?
Supongo que algunas parejas se cansan unas de otras y ya está, que los atrapa la monotonía y el tiempo y no saben salir de ahí solos, así que quizás lo mejor sea darnos un tiempo.
Tú quizás deberías volver a casa de tu madre y yo quedarme aquí, acariciando a Nikki mientras dejo que pase el tiempo, y mis ganas con él.
Pero miro el reloj cada dos por tres y te juro, mi amor, que el tiempo no pasa igual cuando estoy sin ti que cuando estoy contigo, aunque no estemos bien, aunque tú estés en la habitación de al lado y yo a tres metros, llorando desmesuradamente en el baño.
Ahí fue donde me di cuenta de que sin ti estaba perdida, de que sin ti no era amor, sin ti era un fastidio, algo que no quería experimentar nunca desde que te conocí, ni quiero.
Y sé que esto, esto es estar enamorada. Porque si tú te vas yo no puedo, si tú no estás me vence el tiempo, si la puerta no se abre tras un día duro de trabajo y eres tú el que aparece tras ella, me hundo, lo juro.

Y cariño, sé que aún no es tarde, así que volvamos. Volvamos a decirnos las cosas, volvamos a poner las cartas sobre la mesa, volvamos a empezar.

martes, 15 de septiembre de 2015

Let it go.

Puede que el pasado no sea ayer y ayer no fuera hoy y tampoco los pinceles sirvan para pintar en este momento.
Puede que esta noche sea la más triste recordando cómo nos bailaban los dedos en nuestros respectivos cuerpos, recordando cómo paseabas tu mano por los senos de las montañas en invierno, cobijándote dentro de aquella cueva húmeda mientras relamías la miel imaginaria de tus labios y pensabas en ella.

Ella.
Esa mujer que olía a libro nuevo, que parecía un paisaje soleado cada vez que sonreía, que sabía a té verde cuando le mirabas fijamente a los ojos…
Esa mujer que más bien al andar parecía una obra de arte, un crimen a punto de cometerse, un “¡deténgase, ahí dentro va el amor de mi vida!” en una estación de autobuses, o quizás la canción más bonita del mundo.

La Sonata de Otoño de Valle-Inclán paseándose por la mirada de ese hombre.

Y luego estaba él.
Ese hombre que parecía apático con todo el mundo, que paseaba siempre un cigarrillo en su mano izquierda y de vez en cuando lo llevaba hacia sus labios y parecía que estuviese aspirando sus problemas y destensando sus músculos uno a uno con cada calada.
Ese hombre que sabía a despedida forzada, ese hombre que te abría mundos con solo rozarte con los dedos de las manos, que tenía cuerpo de escombro pero escandalizaba a cada musa que pasaba a su lado, que florecía salvajemente cada vez que abría los ojos al despertar una mañana a tu lado, que se veía derrotado por los “peros” del pasado.

Un perdigón perdido a los ojos de aquella mujer.

Pero el pasado sigue no siendo ayer y ayer sigue no siendo hoy y los pinceles no solo dibujan paisajes vestidos de color, también los hay desnudos y desaliñados en blanco y negro después de una orgía de pensamientos de un autor inspirado.


Y esta noche, por desgracia, sigue siendo la más triste porque yo (te) quiero y tú no (me) quieres.

domingo, 12 de julio de 2015

1. Amnesia.

22 de diciembre de 1979


Solitario. Inhumano.
Este sitio me da miedo. Está oscuro y parcialmente vacío.
Todavía no tengo claro cómo he llegado hasta aquí.

Camino por el pasillo central en busca de algún resto humano por aquí, pero no hay nada, ni nadie. Ninguna de las habitaciones está abierta, excepto una, pero me da pánico entrar y que sea la típica película americana de terror en la que después de abrir la puerta, pasar dentro y mirar que lo que hay en su interior te asusta, la puerta se cierre tras de mí.
Quizás eche un vistazo sin abrirla primero. Sí, creo que haré eso.

Entre la rendija se puede ver cómo hay una televisión antigua, una caja tonta que está parcialmente encendida, pero que no funciona. Ver tantos puntitos juntos y parpadeando a la vez a más de uno le daría tripofobia, pero no, yo no soy de esas.
Tengo curiosidad, así que abro la puerta al completo y me decido a entrar.
Hay un par de ventanas pero detrás de ellas hay un tabique y no dan a ningún sitio.
En la pared veo un póster medio roto de The Rolling Stones, y un atril donde (quizás) debería ir una guitarra eléctrica.
En unas estanterías pegadas a la pared, hay una colección de coches de los años setenta. Es bonita y permanece intacta junto con una foto de alguien de espaldas apoyado en un Fiat 600 del 78, recuerdo cuando salió este coche a la venta. No puedo ver su cara, pero es delgaducho y aparece con una cazadora de cuero que le queda bastante bien.

Camino sobre el polvo y me fijo en que hay un sobre perfectamente cerrado encima de una mesilla de la habitación. Tiene telas de araña que conducen hacia la lámpara. Se las quito de encima, lo sacudo, y al darle la vuelta me doy cuenta de que hay un nombre escrito: “Karina”.
Debió ser la novia de la persona a la que le pertenece esta habitación, o quizás una mujer de la que se enamoró y quiso decirle todo lo que pensaba sobre ella.
No puedo más. La abro y leo lo que hay escrito dentro.



11 de noviembre de 1979
Querida Karina:

Te escribo esto porque sé que un día lo leerás si me ocurre algo. Siento muchísimo el daño que os he hecho a todos, sé que tal vez nunca podáis perdonarme, pero ellos me amenazaron con matarme si decía algo. No puedo contarte el por qué, sé que confías en mí e intentaré ocuparme de esto solo para que no recaiga sobre vosotros. Te quiero mucho, Karina, te quiero por encima de mis posibilidades, eres mi pequeño tesoro y siento que no me hayas conocido lo suficiente porque haya tenido un error tonto de meterme en todo esto sin contar con nadie. La verdad es que sucedió solo, yo no hice nada, primero me amenazaron con hacerme daño a mí y como vieron que eso no me importó me amenazaron usándoos a vosotros como señuelos. Pensaba que no se complicaría tanto, pero ahora está muy difícil. Tal vez desaparezca, no puedo decirte dónde, o tal vez me maten y no sobreviva.
Esté donde esté, quiero que sepas que no me olvidaré de tus rizos rubios mientras te quedabas dormida sobre mi regazo después de leerte tu cuento favorito.
Dale recuerdos a mamá y papá, y diles que estaré bien, solo tú puedes saber la verdad, no les preocupes a ellos.



Te adora, tu hermano.


Dios mío, se me han helado los huesos al leer esta carta. Estoy en la habitación de una persona que pudo haber sido asesinada, o peor, que sigue vivo y esos asesinos siguen vivos en busca de venganza. Además de eso, me fijo en que la habitación está algo revolucionada. Como si alguien hubiese estado aquí antes que yo buscando respuestas.
¿Cuántos años tendrá Karina? Por la seriedad de la carta, supongo que los suficientes para entenderla, pero tampoco creo que sea una adulta. Imagino que tenga entre unos diez o catorce años. 
Pobre chica.

Me meto la mano en los bolsillos pensando en que esa niña estará preguntándose dónde está su hermano y muy preocupada, y en que aún no ha leído esta carta de... ¿despedida? Supongo...

Espera un momento.
¿Qué hay en mis bolsillos?
Lo saco. Un papel enrollado.
Lo abro y leo, escrito en mayúsculas: "ENCUENTRA EL PARADERO DE EVAN".

¿Pero quién ha puesto eso en mi bolsillo y por qué sigo sin poder recordar nada? ¿Qué hago aquí? Es obvio que Evan es el hermano de Karina, pero, ¿por qué tengo que encontrarle? ¿Qué hago metida en los problemas de esta familia? ¿Para quién trabajo? Y lo más importante de todo... ¿cómo voy a encontrarle si yo también estoy perdida?

Hay tantas preguntas que tengo que responder...

martes, 28 de abril de 2015

Un billete de ida, por favor.



Y en lugar de echar la vista hacia atrás, agarrarle del brazo, y atraerle hacia el filo de mi boca para despedirme, como me hubiese gustado, me fui.
Cogí todo lo que había encima de la mesa, incluyendo ese caramelo que nos habían dejado al lado de nuestros respectivos cafés y mientras sonaba una canción triste de piano de fondo y mi falda se balanceaba al son de la música y el rímel se extendía por mi cara, salí por la puerta de aquel establecimiento.
Él intentó ponerse de pie para detenerme, pero no lo hizo.
Supongo que arriesgarse por intentar recuperar algo que quieres, no era lo suyo.

En ese momento, me di cuenta de dos cosas: una era que tenía que cambiar de marca de rímel porque ese era pletóricamente horrible, y la segunda era que le quería demasiado. Y no sé cuál de las dos me molestaba más en ese momento.



Deseé que la historia hubiese quedado ahí, en un malestar crónico en mi corazón producido por una despedida nada agradable. Pasarlo mal unos meses y si cabía, quizás decidir no perdonar a mi cabeza en un año, pero no fue así.
Minutos después de la despedida, mi "deseo", tal vez se convirtió en mi pesadilla, porque Charlie volvió tras de mí, e hizo aquello que hubiese deseado hacer yo, pero en un momento en el que mi alma era más débil de lo normal y estaba desesperada porque acababa de decir "adiós" al amor de su vida, porque era tóxico para ella; un momento en el que la debilidad se convirtió en una frase corta que volvió a romper la esquematización de mi cabeza para hacer que pudiese ser capaz de escuchar mis propios latidos de lo acelerado que estaba sucediendo todo.

"Por favor, quédate, te necesito."

Ni siquiera pude articular palabra cuando sus labios ya estaban encima de los míos y sus manos agarrando las mías, y yo, literalmente, encarcelada.
Quería que fuese verdad, quería, de verdad que lo esperaba. Esperaba poder volver a aquellos momentos en los que Charlie me robaba besos y me decía que lo nuestro era de verdad. Nadie sabe cuánto quería yo eso. Cuánto hubiese ansiado tener una relación saludable en la que ninguno de los dos sufriera por no poder llenar el vacío del otro, y viceversa.
Mi cabeza estaba más perdida que un náufrago en plena tormenta en alta mar, y sin brújula.
Él no entendía que lo único que yo quería era desaparecer de su vida para que pudiese ser feliz sin una persona dañina a su lado, para que pudiese mantener una relación con alguien cuyo ánimo no se viera reflejado en la montaña rusa con más altibajos de todo el mundo.
Para que pudiera ser.
Porque yo no era capaz de "ser" con nadie.
Yo simplemente estaba.
Estaba y no me iba.
Pensaba en su felicidad y no en la mía. Y sigo pensando así.

Así que un día... desaparecí.
Sin decir adiós.
Sin dejar que Charlie pudiese articular palabra a la mañana siguiente.


Por eso no me gustan las despedidas. Porque siempre tengo el poder de ser capaz de despedirme, pero luego nadie tiene constancia de mi dolor, ni de las horas muertas que paso junto a un reloj escacharrado, ni, por supuesto, de que soy muy susceptible si alguien me dice "quédate".
Y ya nadie tiene en cuenta que las despedidas son para siempre. Y que despedirse conlleva ver el dolor ajeno, ese al cual no podría resistirme nunca, y entonces sería como el ciclo de la vida, me despediría, y volvería otra vez porque soy incapaz de ver cómo sufre alguien a quien adoro.

Por eso es mejor irse sin decir nada, porque para cuando quieres volver, ellos ya te han olvidado, o ya han dejado de quererte porque se sienten engañados, y así es todo más fácil para alguien que no es capaz de olvidar nunca, y que no soporta ver el dolor ajeno.

jueves, 16 de abril de 2015

La maravillosa historia del lunar en su espalda.

Partiendo de la base de que solo sé que no sé nada, y que solo sé que no sé lo que quiero, podría escribir sobre aquel punto medio que apareció aquella noche haciéndose llamar "lunar" en tu espalda, y que me hizo sentir extrañamente afortunada y única en (por lo menos) aquel día, y parte de los dos siguientes.
Pero, rebobinemos un tiempo atrás.
Pongamos que hablo de un mes secreto en el que Marte, la Tierra y Mercurio estaban perfectamente alineados, y los demás planetas parecían dispersos en aquella etapa.

Tú, roto.
Yo, a medias.

Pero fue como llevar un pantalón con rotos y debajo medias para taparlo todo, absurdo.
Fue absurdo en el sentido de que no sé por qué coincidimos en una vida en la que creía que teníamos más en común que menos. Pero me equivoqué.
A medida que iban pasando los meses yo iba siendo más feliz, más emotiva, me ilusionaba el hecho de poder arreglar unos "pantalones rotos" con mis "medias tintas"...
Pero mi acertijo era erróneo.
Me hacían errar tus ojos, porque cuando los miraba sentía que todo lo que me apasionaba era certero y no fue así.

Tú construiste una red. Y allí me metiste a mí.
Y se podría decir que era un pez atrapado, y tú nunca decidiste cortar la red, así que, me las tuve que arreglar.
Porque yo no estaba cómoda, no entendías que no estaba cómoda, que no me sentía de la misma forma si me dabas tú de comer (era más simple, sí), que yo prefería salir a cazar (porque quizás soy más compleja de lo que piensas).
Y un día... abriste la red.
Abriste la red pero no me avisaste y yo corría riesgo y estaba en peligro.
Y así fue.
Fui cazada por los depredadores mayores y ahora me tienes aquí contando las rejas de esta cárcel. De la que ni puedo, ni consigo salir.

Una cárcel recreada por mi mente cada noche a tu lado.
Repitiendo una y otra...
y otra...
y otra vez
la misma noche.
La misma noche en la que ese maldito lunar me la tiene jurada desde entonces, me tiene envidia por haber podido recorrer toda tu espalda, y que él solo pueda estar fijado en un único punto medio.
Pero realmente debo decir que soy yo la que tiene envidia.
Porque fíjate en él y en su suerte, fíjate en que acompañará a su espalda toda su vida, sentirá las caricias de otras manos dándole cariño, y recibirá amor propio, de la única persona de la que yo no podré recibirlo nunca.
Y es obvio que hubiese deseado poder tenerlo.
Poder estar ahí, vivir en su espalda, o en el meñique de su mano izquierda, o en la comisura de sus labios, o quizás mejor en sus ojos, para poder verle cada mañana despeinado ante el espejo. O quizás ser su silueta y adoptar esa forma y esa geografía que tanto me enamora.
O ser el sentido del tacto y notarle cada vez que se escalofría, o cada vez que se le eriza la piel...

Qué bonito hubiese sido.
Y qué serena es mi imaginación cuando te piensa, pero cómo le rugen las tripas a mi corazón.



domingo, 22 de marzo de 2015

eftirteiti

Y nunca entendí tu amor.
Todos tenemos una forma de amar, pero la tuya nunca la entendí. Y mira que (aunque las odie) he visto millones de películas ñoñas y todas acaban igual.
Pero nuestra historia no fue. Simplemente podría describirla de una forma, y es esa. Que no llegó a ser.
Quizás por miedo.
Quizás por arrepentimiento.
Quizás por dudas.
Quizás por creerme los "ojalás" pronunciados después de (no) verte cada día.

No entendía el hecho de que me erizaras la piel tan solo con susurrar mi nombre al otro lado del teléfono. Parece impresionante, ¿verdad?
Tampoco comprendía por qué me cogías un trozo de pelo y lo rizabas alrededor de tu dedo índice y después sonreías.
Y no, no, no lograba entender que aparecieras de repente tras de mí y me abrazaras con tanta fuerza... como si me fuera a arrancar alguien de tus brazos. Quién querría eso. Quién me iba a querer más que tú.

De hecho creo que nadie.
De hecho sigo aquí recordándote.

Fuiste mi amor de Invierno aunque fuese Primavera, porque cada vez que (des)aparecías me dejabas helada.
Y no quiero mencionar cuando te regalé mi cuello para que lo besaras. No quiero mencionar el grado de congelación en el que estaba. No quiero mencionar que casi tienes que sujetarme las piernas para que dejaran de temblar.
Que el mundo se haga una idea, de lo que es ver volar cometas a tu lado, de lo que es, lo juro, parar el tiempo para observarte en la inmensidad del Universo.
Y que la gente se pregunte que por qué en tan bonito escenario, tan solo pueda fijar la mirada en tus ojos. Que se pregunten por qué prefiero ver tu sonrisa y dejar como un plano secundario la noche de luna llena.

Qué bonito eras.
Qué -en presente- precioso eres.
Y cómo me duele recordarte.
Cómo supura la herida aún, cuando te veo feliz en manos de alguien que no soy yo.
Y de qué manera me echas limón en la herida, y yo sé que -por desgracia- no parará de escocer si sigues presente en mi vida.

Por eso no entendí tu amor.
Porque no sé si por tu parte era amor,
o ganas de arrancarme el alma.
Porque eres capaz de alegrarme y
deprimirme en cuestión de segundos.
Porque llevo meses más perdida que una brújula en medio de un campo magnético.
Porque llevo meses esperando cada día de madrugada al lado del teléfono por si llamas. Por si te apetece sacarme de toda esta mierda, o acompañarme en mi desastrosa vida por un tiempecito más.
Déjame aunque sea disfrutar de ti y de tu incierto amor un par de semanas,
aunque sea solo
y únicamente
para poder decirte
«hasta pronto»
de una vez por todas.

lunes, 16 de marzo de 2015

Hasta las narices.

Estoy harta de que la sociedad se base solo en los cánones de belleza, en los tópicos de las ideas estereotipadas que tenéis algunos sobre cosas que no conocéis, en que, todos los políticos son malos o no saben hacer su trabajo, ¡por supuesto que hay gente que estudia Ciencias Políticas que sabría llevar un país, pero no los incentivamos con nuestro apoyo y terminan por desistir!

Estoy, de verdad, que muy cansada de salir a la calle y ver gente tirada en el suelo rezando por cosechar en un día lo que nosotros nos comemos en cinco minutos, que con un mísero trozo de pan se pasaría el día sonriendo.

Estoy agotada de oír a la gente juzgar a las personas que disfrutan de su cuerpo... qué pasa, que ahora porque cada uno sea feliz con lo que hace, tenemos que lograr quitarle esa felicidad de cualquiera de las formas posibles, ¿verdad?

¿Podéis, por tan solo un segundo, ir a vuestro cuarto de baño, miraros al espejo, y decirme que no tenéis los mismos derechos que otra persona, ya sea de otra etnia, de otro sexo, o tenga la piel de color? ¿De verdad seríais capaces de negarme eso?
Porque si es así, de verdad, chicas y chicos, que tendríais un problema. Y no precisamente bueno.

No entiendo el hecho de que a la gente le cueste ser más amable, nadie os está pidiendo que aceptéis las características de todo el mundo, porque nadie es capaz de querer y compartir las opiniones de todas las personas que pasan por su vida, pero sí que deberíamos tener la cordura suficiente, para respetar las opiniones, los ideales, los errores, las virtudes y los defectos de cada persona que pase a nuestro alrededor.

Porque detrás de esto, no estoy solo yo, no está solo mi voz, está la historia de muchas otras personas, y no solo la historia, sino la vida de cada una de ellas.
Y muchas veces no nos damos cuenta de que las palabras duelen (a veces) más que los hechos.
Y de que la vida es más bonita cuando nos ocupamos de vivirla, y no de estropearla.
Que devolver una sonrisa no nos cuesta nada y le alegraría el día a más de uno y de una.
Que abrazar espontáneamente es más placentero que abrazar cuando no sientes nada.
No hieras a nadie, si no quieres que te hieran.

Y recordad que el locus amoenus, está en nosotros, y nos perseguirá siempre y cuando tratemos al mundo como queremos que nos trate.
Y esto es solo el principio, hay muchas cosas más que arreglar en este mundo.