miércoles, 10 de diciembre de 2014

Imposible.

Ella era escéptica,
emanaba en su interior
un río de
desesperanzas.

Andaba siempre
en línea recta y decía
que no hablaba nunca
del amor.

Sonreía a ciencia cierta
cuando un gesto
de un bufón
le hacía gracia a su corazón.

Y dice
que conoció
el amor,
el día en que murió.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Sábanas pasadas.

Ellas (me) dicen que
saben quererte mejor
ahora que yo
no estoy más
a tu lado, y que
sonríes
de forma diferente
desde que no nos vemos, y,
yo les dije que
nunca he visto
sonrisa
más sincera que 
cuando te besaba
después de uno
de esos
que tanto nos gusta
en la cama.
Les dije que
nunca has sido
tan bonito como
cuando (yo) te miraba
de lado y
te dabas
media vuelta
en nuestra cama
porque
decías que
no te gustaba
cuando te miraba
fijamente.

Y solamente
vengo a recordarte,
que cuando agachabas
la cabeza
y decías
"te quiero"
y después
sutilmente
susurrabas al viento
mi nombre,
me invadía un
no sé qué,
que qué se yo,
que ni la galaxia
más cercana a 
mi mundo
puede sentir
ese escalofrío
que tú provocas
las noches en las que
más frío
tengo.

Y ya no sé
si recordarte
con la luz apagada,
porque el corazón
se me acelera,
cuando doy
la última calada,
y al cerrar los ojos
pienso
en que existimos
-de forma pasada-
por un tiempo
tú y yo
juntos, y que,
sonábamos
más bonitos que
Sabina cantando
bajo la Torre Eiffel
o que
nos admiraban más
que a un
cuadro de Botticelli,
porque no había quien
pintara nuestro desnudo
más que nosotros
cuando nos
pintábamos
a oscuras.

Y bueno,
qué voy a decirte
yo de arte, si tienes el 
récord del mundo
en ser
la geografía
con más ganas
de ser visitada.

Porque yo ya 
te digo que
me es imposible
pensarte
sin decirte que
ese lunar que tienes
en el lado
izquierdo de
tu cadera,
aparece cada noche
en mi
mapa de sueños.

¿Y qué más
puedo escribir
que no te haya
(d)escrito ya?
Creo que
-a veces-
al suspirar
recuerdo
cómo, cuánto, y
en qué lugar,
complacías
a mis oídos
con tus
susurros
entrecortados por
tu risa
y acariciabas
mi nuca con tu
dedo pulgar, y
yo me sentía
absurda y
completamente
atraída
por tus roces.

Y dicen también
mis huesos
que están congelados
desde que
dejaste
que el Invierno
penetrara en ellos.

Pero
no pasa nada,
solo pasan
días
y doce noches
en las que
el insomnio tiene
nombre
y apellidos.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Bosques y lobos.

Corre. -me susurraba la voz de mi cabeza- Escapa de ellos.

Ellos me perseguían como quien es pobre y persigue a un trozo de pan. No sabía por qué. Tampoco me hacía a la idea de qué buscaban que pudiese poseer yo y no otra persona.
Así que me adentré en el bosque.
Había millones de pájaros revoloteando solo porque yo no hacía más que correr asustándoles. Ellos me seguían de cerca y yo tenía que distraerlos. ¿Cómo? No tenía ni idea.
Andaba entre árbol y árbol, en zigzag, de modo que así ellos pudieran perder mi rastro.
Yo corría deprisa pero sabía que ellos algún día me alcanzarían. No podía sobrevivir con vida más de dos días dentro de ese bosque. Quizás no resistiría una noche allí sola. Sin nadie. Sin ayuda humana.
El Sol ya no salía de entre las nubes y eso estaba cada vez más oscuro, yo estaba cansada de correr.
Parecía que aquella monstruosidad había dejado de seguirme. Así que me calmé y me recosté oculta entre ramas para que nadie lograra verme.
Hacía frío así que me puse la capucha para resguardarme un poco más.
No podía evitar estar más asustada de lo que ya lo estaba, así que traté de calmar mi respiración.

De pronto, escuché un ruido. Y salí corriendo. Ellos me seguían de nuevo.
Pero algo malo ocurrió en aquella tarde.
Tropecé con una rama. Y me caí. La sangre me helaba los huesos. Y ellos me alcanzaron. Me rodearon. Y empezaron a aullar. Tanto, que cada vez que lo hacían, un escalofrío recorría mi cuerpo.
Me olisquearon entera. Y uno de ellos empezó a gruñir...
Lo último que recuerdo fue que me desmayé...
Y después, desperté en un sitio que no conocía. ¿Dónde estaba?
No lo sabía pero estaba ilesa... Aquellos lobos no me habían herido. Me temía lo peor. Algún cazador los había matado y ahora me tenían aquí retenida... pero de repente, algo, me sorprendió.
Una camada de lobos apareció por la entrada de aquella... cueva, estaba en una cueva.
Venían con un animal en su boca, un aguilucho que carecía de vida, lo habían matado... ¿y yo estaba ilesa? Seguramente sería su banquete de despedida y eso era un entrante...

Uno de los lobos vino hacia mí y lamió mi herida.
Entendí entonces que lo que querían no era herirme, sino cuidar de mí.
La energía proveniente de sus ojos era una energía positiva, ¿es así como aman los lobos?
¿Es así como la naturaleza te trata? ¿Con amor?

Supuse entonces que de lo que yo huía no era del miedo, ni de la cobardía ante una situación de peligro... yo huía del amor.
No dejaba que nada ni nadie me cuidara.
Tenía tanto miedo al amor que cuando de verdad alguien logró demostrármelo, lo rechacé...
Y me estaba dando cuenta ahora.
Me di cuenta de que el amor no lo elegimos nosotros, sucede y ya está, de pronto caes y no paras de ponerte nervioso, de agarrarle las manos al otro, de mirarle a los ojos y retirar la mirada de ellos cuando penetraban en los tuyos, de imaginarte mil momentos y que la imaginación jamás logre superar a la realidad, de tener miedo de perder, de arriesgarlo todo para luchar por ello, y aprendí que el amor no era cuestión de uno solo, que tenía que ser de dos, y si esto no salía bien, una de las dos personas iba a sufrir, a pasarlo mal, a pensar en el otro de una forma solitaria y dura... y que era esa la razón de mi temeridad.

Entonces aquel lobo dejó de aullar. Supo que me daba miedo que lo hiciera.
Y comenzó acurrucándose a mi lado. Lo hizo por mí. Nunca me habían tenido tanto en consideración como aquel ser vivo me tenía en su vida.
Yo, por muy raro que me pareciera, acepté su amor, que provenía de naturaleza pura... y lo acaricié. Le devolví el cariño que me estaba dando. Hacía mucho tiempo que un amor no era correspondido. Aunque no fuese amor real, amor de los que duelen, amor de los que se terminan acabando, amor entre dos personas...

Desde entonces ya no me ando por las ramas, ya no gritaba silencios, ahora susurraba al viento un único nombre... el de la única persona que había logrado intensificarlo todo en mi vida. Y me di cuenta de que si no lo amaba ya, no iba a hacerlo nunca...

Finalmente... logré enamorarme de él... y él de mí. El bosque era mi tesoro, y yo su inquilina.



lunes, 3 de noviembre de 2014

b12

Quizás tu nombre empatizó bien con mis oídos cuando te escuché pronunciarlo y por eso ahora al pronunciarlo me hiere en el pecho.
Por eso ahora me dicen que al suspirar se me colorean las mejillas de ese color rojizo del que hablan, que pega bien con el color que tienen tus labios después de uno de mis fríos besos.
Quizás por eso me cueste más reconocer que me haces feliz (porque antes no lo era).
Por eso me desnudo en versos, por eso te dejo que conozcas lo que siento, por eso al acariciarme me estremezco entre tus brazos, por eso te dejo que me robes los besos, que me robes el tiempo, que me consumas la mirada, por eso solucionamos los poemas con versos largos.
Y por eso me levanto en la madrugada cada noche.

Porque me faltas.

Y me haces falta.

Y me pitas falta en 

nuestros reencuentros
y entonces,
hasta el amarillo me parece bonito.

Pero ya no te cuento cuando

me expulsas del campo.

Y mis ojos empiezan a 

arder.
Y tus labios empiezan a 
quemar.

Y yo soy el único

ser congelado en la nada
que puede, y es capaz
de salvarte de todo.

Y la vida

se ve desde otra
perspectiva
solo cuando tú
me miras.

Cuando dices que

no hay otra
persona que
te apetezca ver.

En ese instante,

entonces, es cuando
mi alma
sonríe.

Y se quejan

los ángeles
-les he oído-
de que no existe
un Cielo más bonito
que cuando tú
y yo
estamos en el
mismo
sintagma nominal.

Es entonces cuando

el azul,
se convierte en
cristalino,
como tus ojos.

Te juro que

en mi lista de
Maravillas del Mundo
tú estás
en la cima, porque
me enseñaron que
las mejores cosas
no hay que olvidarlas
nunca.
Y yo tan siquiera
me he 
planteado olvidarte.

Y dicen que

cuando te digo
te quiero,
el mundo entero
pega un vuelco.
Porque no hay palabras más
sinceras
que las que 
salen de mi boca
cuando pienso en ti.

A veces pienso

en que
cometería cualquier
crimen habido y por haber
por sacar de recompensa
una de tus
sonrisas.
Pero me han dicho
que es ilegal,
y que
tendría que dejar
de verte.

Pero dime entonces,

¿es legal
echarte de menos cada 
segundo de cada 
dichoso día?

Así que lo único

legal que se me ocurre
es una cosa,
escaparnos.

¿Qué me dices?



domingo, 26 de octubre de 2014

Me debilitan.

No os hacéis una idea de cuántos demonios crecen dentro de mí y de qué forma...
Están hambrientos y pretenden devorar mis entrañas. Les da igual cómo, y cuándo...
Duelen.
Aquí dentro no hay espacio para seres inhumanos. Ni siquiera tuve el poder de decidir si quería venderle mi alma al diablo... Y lo hice.
Ahora es él quien me controla.
Me manda tareas incalculables. Habita en mis vértices y me hace tener la necesidad de mostrarle al mundo entero de qué pasta estoy hecha.
Aunque yo no quiera.
Aunque no sea capaz de pestañear en cada paso que doy.
Me muerden si doy un paso en vano. Me ponen la zancadilla si hago algo de forma en que a ellos no les guste.
No hay forma de calmar a mis demonios. No hay forma de hacer que paren.
Intento pedir ayuda pero nadie contesta a la llamada de socorro.
Intento salir de este mundo pero cada vez me adentro más en lo oscuro.
Las rosas pinchan cada vez más.
El humo negro me atrae.
Las cápsulas de felicidad hacen que recorra su cuerpo mentalmente cada noche... les llamo cápsulas de felicidad porque me hacen pensar en él y en la manera que tiene de arquear las cejas cuando algo no le gusta. 
Susurran voces en mi cabeza versos rotos de poetas suicidas... Intento hacer que callen pero no logro conseguirlo, no hay fuerzas suficientes...
Nunca he sabido qué es el amor.
Es una palabra frustrante para mí. Me hace daño solo con leerla y por eso intento alejarme de ella lo máximo posible.
No hay amor.
No hay pasión.
Solo lujuria en mis ojos.
Pero mi corazón dice que quiere actuar. Que ya le toca a él. Que no es un monstruo... Aunque a mí sí que me parece un ser monstruoso. Le tengo miedo. Un miedo terrible.
No hay amor.
No hay ojos que me miren con luz propia.
No hay faros encendidos donde pueda dirigirme sin perderme...
Solo hay gemidos en medio de la soledad... solo hay partículas en mitad del Universo... diluidas, en forma de gas... mentes disecadas... silencios que gritan fuerte, gritos que se silencian en mi garganta...
No hay amor.
Quizás así mis demonios se lo crean y puedan irse de mi mente...
Sí hay vicios... está su boca.
Sí hay debilidades... está la sensación de sus labios en mi espalda...
"¡Calláos!", les grité.
Y por un momento bajaron el volumen...

Solo musitaban una cosa... tu nombre.

martes, 7 de octubre de 2014

Pensándote.

A mí decidme que no entiendo de amores. 
Decidme que no sé lo que es mirarle a los ojos y esbozar una sonrisa con cada gesticulación de mi cara.
Decidme que no le he tenido entre mis brazos y he apretado tan fuerte que desearía no haberme separado nunca de él.
Atreveos a negarme que no rocé sus labios, su cuello, su piel... y entonces, solo entonces, podréis afirmar que no le quería.

Pero eso no ha pasado (ni pasará).

He visto su iris apareciendo como la luz más bonita en el Universo.
He visto su pelo despeinado por mis manos guerrilleras.
He visto su sonrisa. (Y que nadie trate de separarme nunca de ella.)
He visto su imagen en mil sueños, y le he visto dedicándome la mirada que esperaba en los límites de la ciudad más hermosa del mundo.

Traté de contener a mi corazón, pero cada día latía en sintonía con el de otra persona...
Cada día iba creciendo...

Que no desearía verle todos los días (oh, por supuesto que lo haría).
Que no desearía discutir entre risas con él cada día mientras hablamos por teléfono.
Que no desearía que él me quisiera con la misma intensidad que yo le quiero.
Con la misma fuerza.
Con la misma confianza.
Con el mismo empeño...
Vaya si lo haría...

Ojalá no tuviera que echarle de menos cada minuto del día...

Ojalá estuviera aquí...
Ojalá tuviera razones para dejarle ir... pero sabe perfectamente que no las tengo.


Y la única razón de escribir este texto era no pensarte, pero no me sirve de nada si cuando escribo lo hago para ti.

(Lo siento, pero te siento.)



sábado, 13 de septiembre de 2014

No pretendo que lo entendáis.

Qué bonito me pareces a estas horas con el vodka, Oasis de fondo, y nuestras fotos delante.
Tú, que eres mi salvapantallas (o mi salvavidas ahora que no me estás leyendo).
A ti que te echo de menos las noches en vela, los sábados que me quedo en casa sin ganas de salir a darlo todo, con un cubata en la mano y en la otra un libro sobre cómo lograr querer sin haber sido querido antes, que se narra en forma de poesía mutilada por los ojos de un viandante sin camino, y que está retractada en los versos perdidos de un navegante sin rumbo fijo, sin brújula, en medio del océano de sus propias lágrimas de poeta enfurecido que daría la vida (y su barco) por lograr que alguien lea su retahíla de versos, por sentirse escuchado en verso y prosa, por sentirse amado por una dama con un vestido del color de las rosas, y que tenga una personalidad narcisista. Porque dicen que no hay nada mejor que ganarse el amor de un narcisista; imagínate que alguien con esas características logre amarte de la misma forma en la que se ama a sí mismo. Debe ser algo maravilloso.
Ay, el amor…

Hay noches en las que me gustaría simplemente comentar sin ningún problema cómo me siento.
Y esta es una de esas noches en las que quiero desnudarme entre versos, porque sé que pocos me leéis, y apenas la mitad de vosotros me entiende.



Creo que soy mitad oscuridad y mitad luz; y cuando soy oscuridad todo me gusta más, es como si, al ser oscuridad y luz a la vez, yo brillara en la oscuridad, y al ser luz, desapareciera en ella en forma de sombra.
No sé si me entendéis, tampoco pretendo ser entendida.
Soy algo que no sé explicar de otra forma que no sea esta.
Amo mucho, pero nadie me ama. Y eso duele. Y cuando me siento querida es bonito, pero al segundo, noto como si quemara, como si al final de todo tuviera miedo de arder yo sola. Como… si nadie fuese capaz de morir por mí.
¿He marcado a alguien en la vida? Esa es mi pregunta. Y con “alguien” me refiero a alguien del sexo opuesto.
¿Algún chico me ha visto como la luz o la oscuridad al mismo tiempo? Si alguien ha conseguido eso alguna vez entonces era el amor de mi vida. Pero aún no lo he encontrado, o no ha querido que le encontrara todavía.
Aun así, nadie quiere ser mi oscuridad. Todos quieren ser luz, se creen que así resaltarán más…
Pero en mi oscuridad, la lista de chicos a los que he querido de verdad (quizás sean menos de los que os imaginéis), han brillado. Y yo he estado en la luz de todos esos chicos como una sombra. Casi invisible. Y pisoteada. En el lado contrario de donde me gustaría haber estado.



Solamente quiero ser la oscuridad de alguien y brillar más que nadie junto a esa persona. No voy en búsqueda del amor eterno. Voy en búsqueda de la convivencia, de la supervivencia junto a una persona, de amar y sentirme amada, de elegir decisiones con otra persona, de poder reescribir los libros de Historia con alguien.


jueves, 21 de agosto de 2014

Leer tu cuerpo en braille.

Habré leído poemas (¡mira que he leído poesías!) y él siempre será más bonito que cualquiera de sus estrofas, que cualquier verso, que cualquier metáfora sobre el amor.
Será más bonito que ver amanecer teniendo de fondo el océano, más bonito que una aurora boreal en plena noche (y detrás de ella ver difuminadas a la Luna y a las estrellas).
Qué hermoso suena el cantar de los pájaros a las seis de la mañana, y sin embargo, qué horrible se me hace escucharlo todos los días sin él a mi lado. (¿Veis por qué digo que es bonito?)
Belleza externa (e interna). Vaya que sí.
Era bello mirándole de lado, de frente, de espaldas, del otro lado de perfil, desde arriba, desde abajo, aquí, allí, y allá. En el retiro de Madrid o en las ruinas de Roma. En silencio o gritando la ausencia de mis cuerdas vocales.
Siempre era y es hermoso.
Bueno… qué iba a decir yo sino.
Que vivo impregnada de su belleza, porque tengo la suerte de conocerla. Y de conocerle. De hecho le he vivido.

Siempre he pensado que las personas están para leerlas, que son como un libro, y de momento, creo que él está siendo mi libro favorito… Sin duda alguna lo es.
Me está costando mucho leer este libro, pero cada día avanzo una página más, ¿queréis saber cuántas páginas llevo ya leídas? Exactamente ciento veintiún páginas. Cada cual mejor que la anterior. Ni siquiera la historia comienza con un “érase una vez…”, la historia comienza a finales de Abril con un elogio precioso que se ve reflejado en cada uno de los relatos que le escribo. Sí.
El libro es bonito.
La portada también.
Pero yo, no quiero terminarlo nunca. O quiero volverlo a leer eternamente. Y si se acaba quiero que tenga un final abierto porque me encantaría imaginarme más páginas como las que ahora estoy siendo capaz de leer.
O leerlo - y leernos - juntos una y otra vez. No sé.

Por eso le desnudé con palabras. Y sin ellas. Y con ropa y sin ella. Le desnudé el alma. El corazón. Y ninguno de los dos se quedó con frío.

Nunca nos quedamos con frío.

lunes, 4 de agosto de 2014

Catarsis.

Escribía tan sólo para calmar a mis demonios. Esta noche estaban escandalizados. No estabas aquí y ellos se ponían furiosos. Llenos de rabia. No había quien los controlara.
Escupían fuego y no se disculpaban. Me daban patadas en el estómago. Me atormentaban. Jugaban a clavarme las garras. Y todo porque me hacías falta.

A veces a ellos les bastaba con que les abriera la puerta y les dijera "todo está bien", para que se fueran. Pero esta noche no. Esta noche era diferente.


Ellos querían verte y tranquilizarse. Verte entrar por la puerta con cuidado y dejando las llaves en la rinconera junto a la estatua de sal que yace recobrando la forma de un lobo blanco que aúlla sin descanso aparente, y justo cuando entraras escuchar tu "cariño, ya estoy en casa". Pero esta noche no estaba siendo como esperaba.
Te habías largado sin mí. Sin mis demonios. Me dejaste congelada en un verano infernal. Fue horrible tener la sensación de estar vacía y saber que a mi alrededor había millones de cosas que podrían llenarme.
Millones de botellas de alcohol.
Pero prometí que no volvería a beber. Así que no lo hice.
Y te esperé.
Pero tampoco llegabas.

Las agujas del reloj me estaban matando y como si se tratase de una película de acción, cogí el reloj y lo lancé contra la pared con tanta rabia que no pude controlarme, y seguí con todos los cuadros que me habías pintado. Seguí con los vinilos de coleccionista que tenía. Dios Santo, estaba perdiendo el juicio. Me estaba volviendo loca totalmente.
Entonces paré.
Y me puse a llorar intentando recobrar el sentido de cuán feliz era antes y por qué ahora no lo era.
Habías desaparecido.
No estabas.

Te dejé trece llamadas perdidas y unos diez mensajes de voz en el contestador. ¿Dónde estabas?
Nadie contestaba.
Y a mí me hacías falta.

Tenía un pequeño pinchazo en el corazón. Me dolía aquella parte del pecho. Tenía ganas de expulsar el corazón por la boca y en un intento de desangrarme mentalmente por causa de los estragos, oí el motor de tu coche al otro lado de la puerta.
Sentí miedo, y al instante veracidad. Eras tú. Lo notaba en el alma.
Inquietud.
Calma.
Todo al mismo tiempo.

Tú, roto y vacío, me complementabas.
Te vi.
Y te besé.

Entonces todos los vasos empezaron a llenarse de agua. Y mis vasos sanguíneos de sangre. Ya no tenía frío.
Los dos estábamos tirados en el suelo.
Entre vinilos y cristales rotos.
Entre el infierno y el Cielo.
Demonios y Ángeles.
Catarsis.

Éramos el punto medio de todos los extremos. Uníamos al miedo y al valor. Uníamos el amor y el odio.
Juntos.
Simplemente éramos.


sábado, 5 de julio de 2014

La historia de Margaret y Kevin.

Aquella noche Margaret salía a dar un paseo mientras su pálida piel era iluminada por las estrellas y una de las dos mitades de la luna.



Ella se había dado por vencida aquella noche y decidió matar a los monstruos que le atormentaban.

Se quitó su abrigo de piel sintética y se desnudó para meterse en el mar a esas horas de la madrugada.
El agua iba subiendo por su piel a medida que ella se adentraba en él. Éste, le recorría lentamente el cuerpo, así, como un susurro entre sus piernas que poco a poco le hacía cosquillas en el estómago, y más tarde hasta llegar a su cuello, donde recordó las caricias que él le hacía cada noche mientras ella se estremecía.


Aquel chico le volvía completamente loca. Jamás hubiese conocido la locura de no ser por él. Se ponía nerviosa sólo con escuchar su voz, las muletillas le salían solas cada vez que mantenían una conversación, y las risas ya no podían contenerse, claramente era algo único lo que ese chico le hacía sentir a Margaret.



A veces, su timidez le importunaba, pero conseguía por completo que ella le prestara su cuerpo cuando por la noche le decía "pequeña", porque él sabía que a ella le encantaba aquello.




El olor a vainilla impregnado en su cuello le hacía a él quedarse atónito, fuera de lugar, perdido totalmente. Pero él se encontraba en cada beso que se daban. En realidad, podría decirse que siempre decía que estaba perdido para que ella no parara de buscarle, y seguidamente, con un beso, encontrarle.

Kevin decía que no conocía la cordura cuando estaba cerca de Margaret, y eso pasaba todo el tiempo.


Cuando Kevin se preguntaba dónde había estado Margaret toda su vida, ésta, sólo sabía responder: "he estado aquí todo el tiempo, pero nadie ha sabido encontrarme como tú lo has hecho". 

Entonces Kevin decía enamorarse más cada segundo que transcurría después de que ella repitiera esa frase unas trescientas sesenta y cinco veces al año.
O cada vez que escuchara la dulce voz de Margaret, porque Kevin creía que Margaret tenía la voz más preciosa del Universo(y no lo pensaba precisamente porque fueran altas horas de la madrugada y hubiese bebido un poco de más esa noche).



Para los dos era difícil extrañarse sin apenas tenerse, pero era algo que no podían evitar.

Las noches sin poder dormir se hacían largas para Margaret porque él no podía acompañarle en su insomnio a ella.
Pero eran aún peor las mañanas en las que Kevin no podía despertarle a ella con el desayuno en la cama, o con caricias a las once de la mañana de un lunes festivo cualquiera.
Y las ganas les estaban torturando a los dos.

Ambos se complementaban de una forma un tanto excéntrica, sólo ellos dos entendían el concepto de relación que tenían, pero a ellos les bastaba con eso.
Se adoraban en secreto delante de todos, y gritaban que se tenían ganas mientras se hacían el amor el uno al otro, y con eso era más que suficiente.
La primera vez que decidieron hacer algo juntos, se sintieron tan conectados, que, a pesar de sus indiferencias, parecía que eran iguales.
Tenían la piel de la misma textura, ambos se recordaban el uno al otro acariciándose cada vez que un copo de nieve les caía en la mano, decían que era como tocarse y deshacerse a la vez, por eso lo asociaban a las noches blancas de Diciembre.
Cuando hacían el amor comparaban la temperatura de su piel con la del fuego y siempre creían que no haría calor suficiente ni en el Infierno que pudiera superar el suyo cuando conectaban su piel. Para ellos era la forma más honesta y bonita de demostrar que se querían.


Margaret decidió salir del mar aquella noche cuando por fin las nubes dejaron al descubierto la otra mitad de la luna, y ésta, estaba llena, y completa de felicidad.