A mí decidme que no entiendo de amores.
Decidme que no sé lo que es mirarle a los ojos y esbozar una sonrisa con cada gesticulación de mi cara.
Decidme que no le he tenido entre mis brazos y he apretado tan fuerte que desearía no haberme separado nunca de él.
Atreveos a negarme que no rocé sus labios, su cuello, su piel... y entonces, solo entonces, podréis afirmar que no le quería.
Pero eso no ha pasado (ni pasará).
He visto su iris apareciendo como la luz más bonita en el Universo.
He visto su pelo despeinado por mis manos guerrilleras.
He visto su sonrisa. (Y que nadie trate de separarme nunca de ella.)
He visto su imagen en mil sueños, y le he visto dedicándome la mirada que esperaba en los límites de la ciudad más hermosa del mundo.
Traté de contener a mi corazón, pero cada día latía en sintonía con el de otra persona...
Cada día iba creciendo...
Que no desearía verle todos los días (oh, por supuesto que lo haría).
Que no desearía discutir entre risas con él cada día mientras hablamos por teléfono.
Que no desearía que él me quisiera con la misma intensidad que yo le quiero.
Con la misma fuerza.
Con la misma confianza.
Con el mismo empeño...
Vaya si lo haría...
Ojalá no tuviera que echarle de menos cada minuto del día...
Ojalá estuviera aquí...
Ojalá tuviera razones para dejarle ir... pero sabe perfectamente que no las tengo.
Y la única razón de escribir este texto era no pensarte, pero no me sirve de nada si cuando escribo lo hago para ti.
(Lo siento, pero te siento.)
martes, 7 de octubre de 2014
sábado, 13 de septiembre de 2014
No pretendo que lo entendáis.
Qué bonito me pareces a estas horas con el vodka,
Oasis de fondo, y nuestras fotos delante.
Tú, que eres mi salvapantallas (o mi salvavidas
ahora que no me estás leyendo).
A ti que te echo de menos las noches en vela, los
sábados que me quedo en casa sin ganas de salir a darlo todo, con un cubata en
la mano y en la otra un libro sobre cómo lograr querer sin haber sido querido
antes, que se narra en forma de poesía mutilada por los ojos de un viandante
sin camino, y que está retractada en los versos perdidos de un navegante sin
rumbo fijo, sin brújula, en medio del océano de sus propias lágrimas de poeta
enfurecido que daría la vida (y su barco) por lograr que alguien lea su
retahíla de versos, por sentirse escuchado en verso y prosa, por sentirse amado
por una dama con un vestido del color de las rosas, y que tenga una
personalidad narcisista. Porque dicen que no hay nada mejor que ganarse el amor
de un narcisista; imagínate que alguien con esas características logre amarte
de la misma forma en la que se ama a sí mismo. Debe ser algo maravilloso.
Ay, el amor…
Hay noches en las que me gustaría simplemente
comentar sin ningún problema cómo me siento.
Y esta es una de esas noches en las que quiero
desnudarme entre versos, porque sé que pocos me leéis, y apenas la mitad de
vosotros me entiende.
Creo que soy mitad oscuridad y mitad luz; y cuando soy
oscuridad todo me gusta más, es como si, al ser oscuridad y luz a la vez, yo
brillara en la oscuridad, y al ser luz, desapareciera en ella en forma de
sombra.
No sé si me entendéis, tampoco pretendo ser
entendida.
Soy algo que no sé explicar de otra forma que no sea
esta.
Amo mucho, pero nadie me ama. Y eso duele. Y cuando
me siento querida es bonito, pero al segundo, noto como si quemara, como si al
final de todo tuviera miedo de arder yo sola. Como… si nadie fuese capaz de
morir por mí.
¿He marcado a alguien en la vida? Esa es mi
pregunta. Y con “alguien” me refiero a alguien del sexo opuesto.
¿Algún chico me ha visto como la luz o la oscuridad
al mismo tiempo? Si alguien ha conseguido eso alguna vez entonces era el amor
de mi vida. Pero aún no lo he encontrado, o no ha querido que le encontrara
todavía.
Aun así, nadie quiere ser mi oscuridad. Todos
quieren ser luz, se creen que así resaltarán más…
Pero en mi oscuridad, la lista de chicos a los que
he querido de verdad (quizás sean menos de los que os imaginéis), han brillado.
Y yo he estado en la luz de todos esos chicos como una sombra. Casi invisible.
Y pisoteada. En el lado contrario de donde me gustaría haber estado.
Solamente quiero ser la oscuridad de alguien y
brillar más que nadie junto a esa persona. No voy en búsqueda del amor eterno.
Voy en búsqueda de la convivencia, de la supervivencia junto a una persona, de
amar y sentirme amada, de elegir decisiones con otra persona, de poder
reescribir los libros de Historia con alguien.
jueves, 21 de agosto de 2014
Leer tu cuerpo en braille.
Habré leído poemas (¡mira que he leído poesías!) y
él siempre será más bonito que cualquiera de sus estrofas, que cualquier verso,
que cualquier metáfora sobre el amor.
Será más bonito que ver amanecer teniendo de fondo
el océano, más bonito que una aurora boreal en plena noche (y detrás de ella
ver difuminadas a la Luna y a las estrellas).
Qué hermoso suena el cantar de los pájaros a las
seis de la mañana, y sin embargo, qué horrible se me hace escucharlo todos los
días sin él a mi lado. (¿Veis por qué digo que es bonito?)
Belleza externa (e interna). Vaya que sí.
Era bello mirándole de lado, de frente, de espaldas,
del otro lado de perfil, desde arriba, desde abajo, aquí, allí, y allá. En el
retiro de Madrid o en las ruinas de Roma. En silencio o gritando la ausencia de
mis cuerdas vocales.
Siempre era y es hermoso.
Bueno… qué iba a decir yo sino.
Que vivo impregnada de su belleza, porque tengo la
suerte de conocerla. Y de conocerle. De hecho le he vivido.
Siempre he pensado que las personas están para
leerlas, que son como un libro, y de momento, creo que él está siendo mi libro
favorito… Sin duda alguna lo es.
Me está costando mucho leer este libro, pero cada
día avanzo una página más, ¿queréis saber cuántas páginas llevo ya leídas?
Exactamente ciento veintiún páginas. Cada cual mejor que la anterior. Ni
siquiera la historia comienza con un “érase una vez…”, la historia comienza a
finales de Abril con un elogio precioso que se ve reflejado en cada uno de los
relatos que le escribo. Sí.
El libro es bonito.
La portada también.
Pero yo, no quiero terminarlo nunca. O quiero
volverlo a leer eternamente. Y si se acaba quiero que tenga un final abierto
porque me encantaría imaginarme más páginas como las que ahora estoy siendo
capaz de leer.
O leerlo - y leernos - juntos una y otra vez. No sé.
Por eso le desnudé con palabras. Y sin ellas. Y con
ropa y sin ella. Le desnudé el alma. El corazón. Y ninguno de los dos se quedó
con frío.
Nunca nos quedamos con frío.
lunes, 4 de agosto de 2014
Catarsis.
Escribía tan sólo para calmar a mis demonios. Esta noche estaban escandalizados. No estabas aquí y ellos se ponían furiosos. Llenos de rabia. No había quien los controlara.
Escupían fuego y no se disculpaban. Me daban patadas en el estómago. Me atormentaban. Jugaban a clavarme las garras. Y todo porque me hacías falta.
A veces a ellos les bastaba con que les abriera la puerta y les dijera "todo está bien", para que se fueran. Pero esta noche no. Esta noche era diferente.
Ellos querían verte y tranquilizarse. Verte entrar por la puerta con cuidado y dejando las llaves en la rinconera junto a la estatua de sal que yace recobrando la forma de un lobo blanco que aúlla sin descanso aparente, y justo cuando entraras escuchar tu "cariño, ya estoy en casa". Pero esta noche no estaba siendo como esperaba.
Te habías largado sin mí. Sin mis demonios. Me dejaste congelada en un verano infernal. Fue horrible tener la sensación de estar vacía y saber que a mi alrededor había millones de cosas que podrían llenarme.
Millones de botellas de alcohol.
Pero prometí que no volvería a beber. Así que no lo hice.
Y te esperé.
Pero tampoco llegabas.
Las agujas del reloj me estaban matando y como si se tratase de una película de acción, cogí el reloj y lo lancé contra la pared con tanta rabia que no pude controlarme, y seguí con todos los cuadros que me habías pintado. Seguí con los vinilos de coleccionista que tenía. Dios Santo, estaba perdiendo el juicio. Me estaba volviendo loca totalmente.
Entonces paré.
Y me puse a llorar intentando recobrar el sentido de cuán feliz era antes y por qué ahora no lo era.
Habías desaparecido.
No estabas.
Te dejé trece llamadas perdidas y unos diez mensajes de voz en el contestador. ¿Dónde estabas?
Nadie contestaba.
Y a mí me hacías falta.
Tenía un pequeño pinchazo en el corazón. Me dolía aquella parte del pecho. Tenía ganas de expulsar el corazón por la boca y en un intento de desangrarme mentalmente por causa de los estragos, oí el motor de tu coche al otro lado de la puerta.
Sentí miedo, y al instante veracidad. Eras tú. Lo notaba en el alma.
Inquietud.
Calma.
Todo al mismo tiempo.
Tú, roto y vacío, me complementabas.
Te vi.
Y te besé.
Entonces todos los vasos empezaron a llenarse de agua. Y mis vasos sanguíneos de sangre. Ya no tenía frío.
Los dos estábamos tirados en el suelo.
Entre vinilos y cristales rotos.
Entre el infierno y el Cielo.
Demonios y Ángeles.
Catarsis.
Éramos el punto medio de todos los extremos. Uníamos al miedo y al valor. Uníamos el amor y el odio.
Juntos.
Simplemente éramos.
Escupían fuego y no se disculpaban. Me daban patadas en el estómago. Me atormentaban. Jugaban a clavarme las garras. Y todo porque me hacías falta.
A veces a ellos les bastaba con que les abriera la puerta y les dijera "todo está bien", para que se fueran. Pero esta noche no. Esta noche era diferente.
Ellos querían verte y tranquilizarse. Verte entrar por la puerta con cuidado y dejando las llaves en la rinconera junto a la estatua de sal que yace recobrando la forma de un lobo blanco que aúlla sin descanso aparente, y justo cuando entraras escuchar tu "cariño, ya estoy en casa". Pero esta noche no estaba siendo como esperaba.
Te habías largado sin mí. Sin mis demonios. Me dejaste congelada en un verano infernal. Fue horrible tener la sensación de estar vacía y saber que a mi alrededor había millones de cosas que podrían llenarme.
Millones de botellas de alcohol.
Pero prometí que no volvería a beber. Así que no lo hice.
Y te esperé.
Pero tampoco llegabas.
Las agujas del reloj me estaban matando y como si se tratase de una película de acción, cogí el reloj y lo lancé contra la pared con tanta rabia que no pude controlarme, y seguí con todos los cuadros que me habías pintado. Seguí con los vinilos de coleccionista que tenía. Dios Santo, estaba perdiendo el juicio. Me estaba volviendo loca totalmente.
Entonces paré.
Y me puse a llorar intentando recobrar el sentido de cuán feliz era antes y por qué ahora no lo era.
Habías desaparecido.
No estabas.
Te dejé trece llamadas perdidas y unos diez mensajes de voz en el contestador. ¿Dónde estabas?
Nadie contestaba.
Y a mí me hacías falta.
Tenía un pequeño pinchazo en el corazón. Me dolía aquella parte del pecho. Tenía ganas de expulsar el corazón por la boca y en un intento de desangrarme mentalmente por causa de los estragos, oí el motor de tu coche al otro lado de la puerta.
Sentí miedo, y al instante veracidad. Eras tú. Lo notaba en el alma.
Inquietud.
Calma.
Todo al mismo tiempo.
Tú, roto y vacío, me complementabas.
Te vi.
Y te besé.
Entonces todos los vasos empezaron a llenarse de agua. Y mis vasos sanguíneos de sangre. Ya no tenía frío.
Los dos estábamos tirados en el suelo.
Entre vinilos y cristales rotos.
Entre el infierno y el Cielo.
Demonios y Ángeles.
Catarsis.
Éramos el punto medio de todos los extremos. Uníamos al miedo y al valor. Uníamos el amor y el odio.
Juntos.
Simplemente éramos.
sábado, 5 de julio de 2014
La historia de Margaret y Kevin.
Aquella noche Margaret salía a dar un paseo mientras su pálida piel era iluminada por las estrellas y una de las dos mitades de la luna.
Ella se había dado por vencida aquella noche y decidió matar a los monstruos que le atormentaban.
Se quitó su abrigo de piel sintética y se desnudó para meterse en el mar a esas horas de la madrugada.
El agua iba subiendo por su piel a medida que ella se adentraba en él. Éste, le recorría lentamente el cuerpo, así, como un susurro entre sus piernas que poco a poco le hacía cosquillas en el estómago, y más tarde hasta llegar a su cuello, donde recordó las caricias que él le hacía cada noche mientras ella se estremecía.
Aquel chico le volvía completamente loca. Jamás hubiese conocido la locura de no ser por él. Se ponía nerviosa sólo con escuchar su voz, las muletillas le salían solas cada vez que mantenían una conversación, y las risas ya no podían contenerse, claramente era algo único lo que ese chico le hacía sentir a Margaret.
A veces, su timidez le importunaba, pero conseguía por completo que ella le prestara su cuerpo cuando por la noche le decía "pequeña", porque él sabía que a ella le encantaba aquello.
El olor a vainilla impregnado en su cuello le hacía a él quedarse atónito, fuera de lugar, perdido totalmente. Pero él se encontraba en cada beso que se daban. En realidad, podría decirse que siempre decía que estaba perdido para que ella no parara de buscarle, y seguidamente, con un beso, encontrarle.
Kevin decía que no conocía la cordura cuando estaba cerca de Margaret, y eso pasaba todo el tiempo.
Cuando Kevin se preguntaba dónde había estado Margaret toda su vida, ésta, sólo sabía responder: "he estado aquí todo el tiempo, pero nadie ha sabido encontrarme como tú lo has hecho".
Entonces Kevin decía enamorarse más cada segundo que transcurría después de que ella repitiera esa frase unas trescientas sesenta y cinco veces al año.
O cada vez que escuchara la dulce voz de Margaret, porque Kevin creía que Margaret tenía la voz más preciosa del Universo(y no lo pensaba precisamente porque fueran altas horas de la madrugada y hubiese bebido un poco de más esa noche).
Para los dos era difícil extrañarse sin apenas tenerse, pero era algo que no podían evitar.
Las noches sin poder dormir se hacían largas para Margaret porque él no podía acompañarle en su insomnio a ella.
Pero eran aún peor las mañanas en las que Kevin no podía despertarle a ella con el desayuno en la cama, o con caricias a las once de la mañana de un lunes festivo cualquiera.
Y las ganas les estaban torturando a los dos.
Ambos se complementaban de una forma un tanto excéntrica, sólo ellos dos entendían el concepto de relación que tenían, pero a ellos les bastaba con eso.
Se adoraban en secreto delante de todos, y gritaban que se tenían ganas mientras se hacían el amor el uno al otro, y con eso era más que suficiente.
La primera vez que decidieron hacer algo juntos, se sintieron tan conectados, que, a pesar de sus indiferencias, parecía que eran iguales.
Tenían la piel de la misma textura, ambos se recordaban el uno al otro acariciándose cada vez que un copo de nieve les caía en la mano, decían que era como tocarse y deshacerse a la vez, por eso lo asociaban a las noches blancas de Diciembre.
Cuando hacían el amor comparaban la temperatura de su piel con la del fuego y siempre creían que no haría calor suficiente ni en el Infierno que pudiera superar el suyo cuando conectaban su piel. Para ellos era la forma más honesta y bonita de demostrar que se querían.
Margaret decidió salir del mar aquella noche cuando por fin las nubes dejaron al descubierto la otra mitad de la luna, y ésta, estaba llena, y completa de felicidad.
martes, 24 de junio de 2014
41
Me había perdido por completo aquel día a principios de Junio, no me encontraba yo, y no me encontraba nadie. Apenas me sentía completa, y tampoco nadie me completaba. Me sentía vacía en un mundo repleto de personas con ganas de sentirse llenas, como yo.
Pasaban los días y sin darme cuenta, a mediados de Junio sonreía como una niña pequeña cuando acaba de estrenar un juguete precioso.
Alguien estaba removiendo mis sentimientos, y yo necesitaba sentirme así como agua en Mayo... ¡vaya que si lo necesitaba!
Ahora que estoy en medio de una canción desesperada diré que de no haber sido por aquellas sonrisas que me sacaron a flote, me hubiese hundido hace mucho.
Me sentía a salvo entre carcajada y carcajada, pero no me daba cuenta del sentimiento que estaba ocurriendo aquí adentro, del sentimiento de rareza que me envolvía.
Los "buenos días" me daban la vida, y las "buenas noches" a veces sentía que me la quitaban porque no sabía si al día siguiente íbamos a volver a hablar o simplemente lo dejaríamos pasar, y la verdad es que no me apetecía dejar de hablar contigo.
Los abrazos imaginarios se apoderaron de mi mente, y en un intento de dejar de pensar en eso, el corazón me arrebató esa idea de la cabeza, y no hizo otra cosa sino que hacerte aparecer cada noche en mi mente.
Maldito corazón impredecible.
Por las noches dormía abrazada a la almohada para aparentar que te tenía aquí cerca, pero al segundo día ya no me servía esa manera de sentirme como si estuviera a tu lado. Y tenía ganas de estarlo de verdad.
Cuando por fin escuché tu voz, sentí cómo las hormigas invisibles subían con delicadeza recorriendo toda mi piel: desde los pies hasta los hombros. El cosquilleo producido era similar al de las caricias y entonces pensé: ojalá estuvieras aquí.
Pero no estabas.
Los días pasaban y yo pasaba de imaginarme sin ti a imaginarme contigo, y mentiría si dijera que no me gustaba imaginarme contigo, porque el poder que tiene la mente para imaginar me daba la vida, ya que no podía tenerte aquí a mi lado.
Así que un día te besé mentalmente y creo que me gustó más que cualquier beso que me hayan dado. Me hubiera escapado de casa de no ser porque las consecuencias de hacer eso serían no volverte a ver, y casi que prefiero hacer las cosas bien a perder cualquier minuto sin ti.
Y, ¿sabes una cosa? En mis pensamientos hasta la torre Eiffel nos tiene envidia por tener más luz propia que ella, incluso Roma parece poco romántica cuando pienso en ti y en tus vértices, y Venecia me ha dicho que nos regala un paseo por sus aguas si le prometemos que no seremos tan bonitos como ella, pero me da que es imposible, porque tú eres precioso.
Pasaban los días y sin darme cuenta, a mediados de Junio sonreía como una niña pequeña cuando acaba de estrenar un juguete precioso.
Alguien estaba removiendo mis sentimientos, y yo necesitaba sentirme así como agua en Mayo... ¡vaya que si lo necesitaba!
Ahora que estoy en medio de una canción desesperada diré que de no haber sido por aquellas sonrisas que me sacaron a flote, me hubiese hundido hace mucho.
Me sentía a salvo entre carcajada y carcajada, pero no me daba cuenta del sentimiento que estaba ocurriendo aquí adentro, del sentimiento de rareza que me envolvía.
Los "buenos días" me daban la vida, y las "buenas noches" a veces sentía que me la quitaban porque no sabía si al día siguiente íbamos a volver a hablar o simplemente lo dejaríamos pasar, y la verdad es que no me apetecía dejar de hablar contigo.
Los abrazos imaginarios se apoderaron de mi mente, y en un intento de dejar de pensar en eso, el corazón me arrebató esa idea de la cabeza, y no hizo otra cosa sino que hacerte aparecer cada noche en mi mente.
Maldito corazón impredecible.
Por las noches dormía abrazada a la almohada para aparentar que te tenía aquí cerca, pero al segundo día ya no me servía esa manera de sentirme como si estuviera a tu lado. Y tenía ganas de estarlo de verdad.
Cuando por fin escuché tu voz, sentí cómo las hormigas invisibles subían con delicadeza recorriendo toda mi piel: desde los pies hasta los hombros. El cosquilleo producido era similar al de las caricias y entonces pensé: ojalá estuvieras aquí.
Pero no estabas.
Los días pasaban y yo pasaba de imaginarme sin ti a imaginarme contigo, y mentiría si dijera que no me gustaba imaginarme contigo, porque el poder que tiene la mente para imaginar me daba la vida, ya que no podía tenerte aquí a mi lado.
Así que un día te besé mentalmente y creo que me gustó más que cualquier beso que me hayan dado. Me hubiera escapado de casa de no ser porque las consecuencias de hacer eso serían no volverte a ver, y casi que prefiero hacer las cosas bien a perder cualquier minuto sin ti.
Y, ¿sabes una cosa? En mis pensamientos hasta la torre Eiffel nos tiene envidia por tener más luz propia que ella, incluso Roma parece poco romántica cuando pienso en ti y en tus vértices, y Venecia me ha dicho que nos regala un paseo por sus aguas si le prometemos que no seremos tan bonitos como ella, pero me da que es imposible, porque tú eres precioso.
viernes, 13 de junio de 2014
8.
A veces os juro que su nombre me suena a poesía con ganas de ser recitada todo el tiempo.
A veces "todo el tiempo" tan sólo son treinta segundos de caricias, pero para mí sigue siéndolo todo.
A veces 'todo' es algo inagotable que envuelve hasta el último detalle.
No sé.
Supongo que la cordura no es lo mío.
Supongo que la paciencia tampoco, y por eso permanezco aquí con un reloj atado como una soga al cuello.
Me dijo mil veces que fuera paciente, que estuviera bien, que fuese correcta, pero, por el amor de Dios, no me pidas eso cuando sabes que mataría por verte andar por el pasillo de mi casa con toda tu geografía al descubierto.
Por el amor de Dios.
Cuando todo estaba calmado llegas tú con tu indiferencia y apareces cuando no te he llamado. En realidad, me hubiese parecido una invocación de no ser porque soy un poco escéptica en estos casos, pero es que justo en ese instante estaba pensando en ti, y tu nombre resaltó de repente.
El mundo está lleno de casualidades, y tú fuiste la más bonita, de hecho.
En realidad, ¿sabes qué?
Vuelve a aparecer las veces que quieras, ya no sé cómo controlarlo. Ya no sé cómo salir de ésta. No sé cómo salir de ninguna de las tuyas.
Además, cada vez que apareces perviertes todos mis sentidos. No sé cómo lo haces. No sé cómo lo consigues. Pero no me ayuda nada saber que puedo estar enredada en tus vértices y verme aquí en esta noche fría de verano, irónico, ¿verdad?
Realmente no recuerdo tu nombre, por eso creo que "Ocho", es la palabra perfecta para describirte.
No me preguntes por qué. Ni yo lo sé. Y si lo supiera no te lo diría. Sería incapaz de mostrar todos mis sentimientos a flor de piel porque soy incapaz de decirte que me gustas. Sería incapaz de darle al 'enter' a esta chorrada si no supiera que no ibas a leerlo, aunque seguramente lo hagas, nunca sabrías que pierdo el Norte por dedicarte el Sur de mis caderas.
lunes, 9 de junio de 2014
Precioso.
Cuando me preguntaron qué fue lo que vi de bonito en él... respondí que todo él entero era bonito.
Desde su manía por meterse las manos en los bolsillos cada vez que andaba a mi lado, hasta su forma tan incompetente de discutir qué película queríamos ver aquella noche.
Desde sus pupilas hasta el centro de su espalda.
Desde su cuello hasta sus labios ásperos y finos.
Todo él era belleza.
Si me hubiesen preguntado qué era lo que veía en él hubiese respondido que para mí su cuerpo era el mejor arte que podía existir jamás, y que su voz era la banda sonora de mi vida... si no fuese porque ya lo era.
En realidad... para qué creer en una religión cuando creía en sus perfecciones y en sus defectos. Cuando creía que un defecto suyo era una virtud más a poner en contracorriente de mis defectos. Joder, qué maravilla de chico tenía delante ese día.
Tantas veces soñé con sus besos que cuando la primera vez que nos besamos de verdad creía haberlo hecho ya de no ser porque me envolvió en una nube de deseos.
Y...
Ay, Dios Santo.
Cuando le besé mi instinto animal se despertó.
Y sólo quería pasar las noches con él para que me enseñase a pelear en la guerra entre nuestras sábanas.
Y sólo quería despertarme todas las mañanas con un cosquilleo en la barriga provocado por sus besos en la madrugada.
Y bueno, nos quedaban tantas cosas por hacer...
Creo que necesito siete vidas para vivir con él para que nos de tiempo realmente a terminar todo lo que quiero empezar a vivir con él. Creo que necesito todos los segundos del mundo para disfrutar de sus caricias en mi espalda. Creo que no quiero perder el tiempo si no es con él.
Y quiero que me cante todos los días "Wonderwall", y quiero poder cantarle yo el estribillo porque para mí él es mi maravilla.
Sinceramente ni todos los versos del mundo son suficientes para hablaros de su belleza.
Sinceramente no quiero que le conozcáis porque quien le descubra seguro que querrá arrebatármelo. Y le necesito.
Le necesito más que a nada.
Más que a nadie.
Más que a todo.
Así que, por favor, no me habléis de belleza si no le habéis visto andar. No me habléis de belleza si no le habéis oído cantar o respirar, si no habéis escuchado su nombre entre los susurros del viento.
No me habléis de belleza si no le conocéis.
Desde su manía por meterse las manos en los bolsillos cada vez que andaba a mi lado, hasta su forma tan incompetente de discutir qué película queríamos ver aquella noche.
Desde sus pupilas hasta el centro de su espalda.
Desde su cuello hasta sus labios ásperos y finos.
Todo él era belleza.
Si me hubiesen preguntado qué era lo que veía en él hubiese respondido que para mí su cuerpo era el mejor arte que podía existir jamás, y que su voz era la banda sonora de mi vida... si no fuese porque ya lo era.
En realidad... para qué creer en una religión cuando creía en sus perfecciones y en sus defectos. Cuando creía que un defecto suyo era una virtud más a poner en contracorriente de mis defectos. Joder, qué maravilla de chico tenía delante ese día.
Tantas veces soñé con sus besos que cuando la primera vez que nos besamos de verdad creía haberlo hecho ya de no ser porque me envolvió en una nube de deseos.
Y...
Ay, Dios Santo.
Cuando le besé mi instinto animal se despertó.
Y sólo quería pasar las noches con él para que me enseñase a pelear en la guerra entre nuestras sábanas.
Y sólo quería despertarme todas las mañanas con un cosquilleo en la barriga provocado por sus besos en la madrugada.
Y bueno, nos quedaban tantas cosas por hacer...
Creo que necesito siete vidas para vivir con él para que nos de tiempo realmente a terminar todo lo que quiero empezar a vivir con él. Creo que necesito todos los segundos del mundo para disfrutar de sus caricias en mi espalda. Creo que no quiero perder el tiempo si no es con él.
Y quiero que me cante todos los días "Wonderwall", y quiero poder cantarle yo el estribillo porque para mí él es mi maravilla.
Sinceramente ni todos los versos del mundo son suficientes para hablaros de su belleza.
Sinceramente no quiero que le conozcáis porque quien le descubra seguro que querrá arrebatármelo. Y le necesito.
Le necesito más que a nada.
Más que a nadie.
Más que a todo.
Así que, por favor, no me habléis de belleza si no le habéis visto andar. No me habléis de belleza si no le habéis oído cantar o respirar, si no habéis escuchado su nombre entre los susurros del viento.
No me habléis de belleza si no le conocéis.
jueves, 5 de junio de 2014
Di que te quedarás.
Mira qué bonito queda todo esta noche.
Oasis y él.
Él y Oasis.
Dos de mis vicios inconfesables se han sometido a un desnudo en toda regla.
Comencé con "Stop crying your heart out" y acabé por tus pupilas negras.
Esta noche sabía que los suicidas elegirían a Oasis para su trágico final. Quedaba incluso bonito. Morir por amor (a la música, al arte, a él). El caso es morir.
Yo intenté morir mentalmente cuando comenzó la noche.
Me asustó leer tu nombre en las notificaciones de mis mensajes, pero a la vez me alegró, creo que en el momento supe que comenzabas a descolocarme.
Qué dolor sentí en el pecho. Qué incomodidad. Qué nudo en la garganta. Qué ganas de abrazarte, besarte y sentirte.
Cuando me preguntaron por tu voz respondí que era algo que sólo yo entendería. Igual que cuando me preguntaron por mi canción preferida de Oasis. "Don't go away" sonaba de una forma tan sensual aquella noche (hace tantos años).
Me hacía pensar en tu silueta. En tu torso desnudo. En aquel monumento llamado cuerpo...
Joder, me hubiese recorrido tu geografía sin tan siquiera tener la necesidad de mirar el mapa. Pero siempre terminas yéndote, o dejándole a otra que lo haga. Otra que no tiene ni idea. Otra que no se aprendió tus lunares de memoria, que no se aprendió los puntos de trayectoria. Simplemente a otra.
Eres tan ignorante que no te fijaste en que a mí no me hacía falta aprenderme cada rincón de tu cuerpo porque nos atraíamos cual polos opuestos.
Nuestro magnetismo se sometió a un fuerte vendaval de preguntas que acechaban tu huida. Y en efecto lo hiciste. Te fuiste.
Y ahora has vuelto.
Has vuelto como cuando quise deshacerme de la letra de mi canción favorita y olvidarla. Has vuelto como vuelven los imposibles.
Oasis y él.
Él y Oasis.
Dos de mis vicios inconfesables se han sometido a un desnudo en toda regla.
Comencé con "Stop crying your heart out" y acabé por tus pupilas negras.
Esta noche sabía que los suicidas elegirían a Oasis para su trágico final. Quedaba incluso bonito. Morir por amor (a la música, al arte, a él). El caso es morir.
Yo intenté morir mentalmente cuando comenzó la noche.
Me asustó leer tu nombre en las notificaciones de mis mensajes, pero a la vez me alegró, creo que en el momento supe que comenzabas a descolocarme.
Qué dolor sentí en el pecho. Qué incomodidad. Qué nudo en la garganta. Qué ganas de abrazarte, besarte y sentirte.
Cuando me preguntaron por tu voz respondí que era algo que sólo yo entendería. Igual que cuando me preguntaron por mi canción preferida de Oasis. "Don't go away" sonaba de una forma tan sensual aquella noche (hace tantos años).
Me hacía pensar en tu silueta. En tu torso desnudo. En aquel monumento llamado cuerpo...
Joder, me hubiese recorrido tu geografía sin tan siquiera tener la necesidad de mirar el mapa. Pero siempre terminas yéndote, o dejándole a otra que lo haga. Otra que no tiene ni idea. Otra que no se aprendió tus lunares de memoria, que no se aprendió los puntos de trayectoria. Simplemente a otra.
Eres tan ignorante que no te fijaste en que a mí no me hacía falta aprenderme cada rincón de tu cuerpo porque nos atraíamos cual polos opuestos.
Nuestro magnetismo se sometió a un fuerte vendaval de preguntas que acechaban tu huida. Y en efecto lo hiciste. Te fuiste.
Y ahora has vuelto.
Has vuelto como cuando quise deshacerme de la letra de mi canción favorita y olvidarla. Has vuelto como vuelven los imposibles.
martes, 3 de junio de 2014
¿Qué me dices?
Mi mente ya estaba tardando en desear lo que no debía.
Un cúmulo de cosas se me amontonaron entre tanto papeleo en la mesa. Lo quemé todo. Quemé todo mi pasado y sólo quería una única cosa hoy: a ti.
Fue la indiferencia la que al principio de nuestra historia invadió a mis pensamientos.
No me interesaba nada de ti. Es más, recuerdo haberme cansado de hablar contigo la primera vez que me saludaste, sólo porque habías decidido hablarme.
No me gustabas. Tampoco me disgustabas. Pero no te necesitaba.
Por el contrario, llevo unas semanas en las que creo que no puedo perder la oportunidad de conocerte, creo que me atraes, que me gustas, creo que así sin más, no he podido decidir, me has llamado la atención.
Y me molesta no ser yo a la que abres conversación todos los días, sí, me molesta mucho, pero aquí me tienes.
No sé si este sentimiento va a durarme toda la vida, o simplemente un único momento inagotable, pero quiero que dure, y no lo había querido antes tanto como ahora.
Todo en mi vida ha ido ocurriendo demasiado rápido, y para una vez que las cosas van con calma, tengo muchísimas ganas de morderte la boca y hacértelo muy rápido, a la vez que una canción de rock, qué ironía.
Supongo que todo esto que te cuento, si es que alguna vez lo lees, te importe poco o nada. Creo que tienes todo el derecho del mundo a rechazarme, a pasar de mí como lo hice yo al principio, a ignorarme toda la vida o gran parte de ella, pero sé que sabes lo que pienso sobre vivir.
La vida está hecha para cometer errores, para querer indebidamente y para luchar por lo que quieres.
Y yo quiero quererte indebidamente y ser tu mayor error.
Un cúmulo de cosas se me amontonaron entre tanto papeleo en la mesa. Lo quemé todo. Quemé todo mi pasado y sólo quería una única cosa hoy: a ti.
Fue la indiferencia la que al principio de nuestra historia invadió a mis pensamientos.
No me interesaba nada de ti. Es más, recuerdo haberme cansado de hablar contigo la primera vez que me saludaste, sólo porque habías decidido hablarme.
No me gustabas. Tampoco me disgustabas. Pero no te necesitaba.
Por el contrario, llevo unas semanas en las que creo que no puedo perder la oportunidad de conocerte, creo que me atraes, que me gustas, creo que así sin más, no he podido decidir, me has llamado la atención.
Y me molesta no ser yo a la que abres conversación todos los días, sí, me molesta mucho, pero aquí me tienes.
No sé si este sentimiento va a durarme toda la vida, o simplemente un único momento inagotable, pero quiero que dure, y no lo había querido antes tanto como ahora.
Todo en mi vida ha ido ocurriendo demasiado rápido, y para una vez que las cosas van con calma, tengo muchísimas ganas de morderte la boca y hacértelo muy rápido, a la vez que una canción de rock, qué ironía.
Supongo que todo esto que te cuento, si es que alguna vez lo lees, te importe poco o nada. Creo que tienes todo el derecho del mundo a rechazarme, a pasar de mí como lo hice yo al principio, a ignorarme toda la vida o gran parte de ella, pero sé que sabes lo que pienso sobre vivir.
La vida está hecha para cometer errores, para querer indebidamente y para luchar por lo que quieres.
Y yo quiero quererte indebidamente y ser tu mayor error.
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